CONDUCTAS REPRODUCTORAS

Conductas reproductoras

La reproducción es necesaria para el mantenimiento de la especie. Para ello se requiere una constelación de conductas con dos fines consecutivos: el apareamiento de macho y hembra y, posteriormente, el cuidado de las crías tras la preñez y el parto. El primer grupo de conductas se engloba bajo el epígrafe de conducta sexual y las segundas son las que se denominan parentales. Tanto unas como otras son conductas complejas que requieren desde respuestas reflejas simples a un fino ajuste de los estados motivacionales y emocionales que, en los mamíferos, están controlados por los biorritmos hormonales. La experiencia sexual y parental hace que también el aprendizaje intervenga en el moldeamiento individual de estas conductas. Una característica esencial de las conductas reproductoras es que son dimorfas. De hecho, el sexo es el mayor factor morfométrico discriminante en biología.

Las conductas reproductoras se caracterizan por ser sexualmente dimorfas y motivadas. La ejecución de las mismas tiene un componente importante propio de cada especie que se debe tener en cuenta cuando se eligen determinadas especies para el estudio del control neuroendocrino de las mismas. Cuando se estudian las conductas sexual y parental se observan diferencias entre los machos y las hembras. Estas diferencias son por lo general cuantitativas. El control cerebral de las conductas reproductoras se comprende mejor desde la perspectiva del dimorfismo sexual.

El proceso embriológico de la diferenciación sexual del sistema reproductor sigue un principio básico: la presencia del cromosoma Y dirige la diferenciación de la gónada indiferenciada, y potencialmente bisexual, hacia la formación del testículo. A su vez, las hormonas producidas por el testículo inducen la diferenciación del sistema reproductor interno y los genitales externos en el macho. En ausencia de cromosoma Y, la gónada indiferenciada se diferencia hacia ovario y, a continuación, se diferencia el sistema reproductor interno y los genitales de la hembra. En la hembra, la diferenciación de la gónada, el sistema reproductor interno y los genitales externos requiere el funcioamiento de una cadena de genes. Una serie de genes represores impiden, desde el inicio y a lo largo de la vida, que se produzca la transdiferenciación del testículo o del ovario.

En los vertebrados, desde la época embrionaria comienza la diferenciación sexual de todos los tejidos incluido el tejido nervioso. La expresión del dimorfismo sexual en el cerebro tiene tres características morfológicas. Primero, en algunas estructuras cerebrales el macho presenta mayores medidas morfológicas que las hembras (m>f), en otras, el patrón morfológico es el inverso (h>m). También hay estructuras isomorfas en las que el macho y la hembra no se diferencian. La diferenciación de estos patrones está controlada por la testosterona que actúa de forma diferente para diferenciar cada patrón. La segunda característica del dimorfismo es que se expresa en redes neurales complejas. Por último, la diferenciación sexual de las estructuras cerebrales se determina en época perinatal. La pubertad tiene también una función importante en la diferenciación sexual. El proceso de diferenciación sexual de las gónadas, el sistema reproductor interno y los genitales requiere el funcionamiento muy ajustado de cadenas de genes y las hormonas producidas por las gónadas. Cuando se producen fallos a nivel de los cromosomas, los genes o las hormonas gonadales se inducen diferenciaciones atípicas denominadas Trastornos del Desarrollo Sexual (TDS). Los TDS también pueden ser producidos por variables externas epigenéticas, como es el caso de algunas sustancias industriales. Variaciones en el número de cromosomas, los receptores de las hormonas gonadales o las enzimas que intervienen en el metabolismo de los esteroides producen cambios morfológicos, fisiológicos y conductuales relacionados con la reproducción, la identidad de género y la orientación sexual.

Pubertad y adolescencia tienen un comienzo y desarrollo dimorfo. La pubertad consiste en la maduración reproductora mientra que la adolescencia se refiere a la maduración emocional y cognitiva que facilita la integración social en la vida adulta. En este periodo que incluye los dos procesos se producen cambios morfológicos y fisiológicos en todo el organismo, lo que incluye al cerebro. Los cambios de los caracteres sexuales secundarios se clasifican en etapas que fueron descritas por Tanner. Dos genes que codifican los neurpéptidos kisspeptina y neuroquinina B son esenciales para el inicio de la pubertad.

En la mayoría de las especies sólo las hembras que están en celo son receptivas al macho para la cópula. Durante el periodo perinatal se diferencian sexualmente los circuitos cerebrales que gobiernan la respuesta sexual de la hembra. Después de la pubertad, estos circuitos tienen que ser activados por las hormonas para inducir un estado motivacional que propicie la cópula. En roedores, la motivación sexual de la hembra depende por completo del estradiol y la progesterona. En primates y humanos, aunque subyace la influencia hormonal, las variables sociales y el aprendizaje cobran mucha importancia. Los estudios sobre la inhibición/desinhibición de la lordosis en hembras y machos sugieren que la función del dimorfismo sexual en las estructuras del Sistema Vomeronasal consiste en inhibir la expresión de la lordosis en el macho y desinhibirla cíclicamente en la hembra.

La conducta sexual del macho muestra características específicas de especie. Las hormonas controlan el estado motivacional que conduce al apareamiento y, también, son esenciales para la erección del pene y la eyaculación. En el macho de la mayoría de las especies de mamíferos se produce un periodo refractario después de la eyaculación. Las hormonas en época perinatal diferencian las estructuras cerebrales relacionadas con los estados motivacionales y la ejecución de la cópula. Después de la pubertad también son necesarias para la activación de los estados motivacionales y los reflejos del apareamiento. En nuestra especie, cuando disminuye el nivel de testosterona a lo que primero afecta, después de algún tiempo, es a los reflejos de erección y eyaculación, posteriormente también decrece el deseo.

La activación sexual es reforzante en sí misma y el orgasmo es su culminación, la posibilidad de alcanzarlo actúa como motivación primaria para que la persona busque la relación sexual. El orgasmo en el hombre se produce durante la eyaculación. En el hombre, la visión de escenas de contenido sexual activa las regiones somatosensoriales de la corteza que corresponden a la representación de la acción observada. En la mujer la activación cerebral por estimulación visual varía con el ciclo menstrual. La experiencia del orgasmo presenta dimorfismo sexual con relación a las estructuras que se activan y las que se desactivan durante el mismo.

La identidad de género y la orientación sexual son esenciales para el mantenimiento natural de la especie y precisan un anclaje importante en las variables neurobiológicas. Sin embargo, hay un error inicial por parte de algunos: intentar explicar lo que sucede en las variantes minoritarias como si se conociese como se organizan los mecanismos cerebrales que subyacen a la identidad de género y la orientación sexual de la mayoría. Toda teoría debe explicar dentro del mismo esquema todas las posibilidades. Los estudios genéticos sobre la identidad de género y la orientación sexual aportan indicios pero no son concluyentes. Las hormonas prenatales y durante la pubertad pudieran jugar una función en inducir
variantes en la diferenciación sexual del cerebro que se asociarían a las variantes de género y de orientación sexual. Los hallazgos con técnicas de neuroimagen indican que el cerebro de las persnas transexuales no presenta una inversión sexual sino que tiene rasgos morfológicos masculinos, femeninos y desmasculinizados en las MT mientras que estos rasgos morfológicos tienen características femeninas, masculinas y desfeminizadas en los HT. Esto sugiere la existencia de un fenotipo cerebral para cada variante: HT, MT, mujeres control y hombres control. Esta estrategia podría aplicarse al estudio de la orientación sexual.

La conducta maternal es esencial para la supervivencia de la especie. Los cambios hormonales de la gestación determinan el comportamiento maternal y paternal en los roedores. En los primates y los humanos las hormonas, en una interacción compleja con la organización social de cada especie, modulan el comportamiento de la madre y el padre. Los estudios sobre los mecanismos cerebrales que controlan la conducta maternal en roedores muestran con claridad la existencia de estructuras que facilitan o inhiben esta conducta. El área
preóptica medial integra la información sensorial procedente de los estímulos de las crías con el estado hormonal. La utilización de técnicas de neuroimagen detectan diferencias en la activación cerebral entre madres sanas, con depresión
o con estrés postraumático.


 

Fuentes:

  • Collado Guirao, P., & Guillamón Fernández, A. (2017). Psicología fisiológica (1ª ed.). Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia.
  • INTECCA
  • Canal UNED

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