Bullying

Hay que tener claro un par de cosas: El bullying es un tipo de violencia (acoso moral en el ámbito académico), la violencia es la expresión de la agresividad inherente al ser humano. En los procesos de acoso moral hay 4 actores principales: los agresores, las víctimas, los espectadores (agresores pasivos) y las autoridades.

En mi opinión los espectadores son la clave de este tipo de violencia, son parte activa de los procesos de acoso moral y en la práctica actúan como agresores pasivos. Es posible que la violencia pasiva sea incluso más dañina que la violencia activa, p. ej., que un grupo de nazis de una paliza a un homosesual o a un negro, es algo esperable de un grupo de nazis, sin embargo, que los espectadores no intervengan no es esperable, pero sucede demasiado a menudo, y en algunos ámbitos la violencia pasiva está absolutamente normalizada. Las autoridades son otra de las claves en los procesos de acoso moral, y es el actor que más influencia tiene sobre los «espectadores», sin embargo, lo normal es que se pongan de lado o miren hacia otro lado.

En los manuales de estudio del Grado de Psicología hay muy poca información sobre los procesos de acoso moral, no diferencian bien entre violencia y agresividad y se centran en el etiquetado de las víctimas y los agresores. A continuación un copy-paste de lo que hemos encontrado sobre el tema, con alguna que otra cuñita en negrita y cursiva.

El bullying, también llamado «acoso escolar» por ser ése el contexto en el que habitualmente se produce, es un tipo de violencia caracterizado por un desequilibrio de poder entre el agresor y la víctima y por tener lugar en un periodo de tiempo prolongado. Aunque muchas veces se lo considera un fenómeno interpersonal (entre acosador y víctima), la mayoría de las veces implica a otras personas, que actúan como observadoras o como animadoras del acosador, a menudo movidas por el miedo a represalias por parte de éste y porque piensan que el resto aprueba lo que está pasando. Se produce así un proceso perverso, en el que el acosador, al no verse censurado por otros miembros del grupo, se siente respaldado por ellos (sin cuyo apoyo probablemente no se decidiría a actuar), de manera que puede acosar a su víctima con total impunidad, mientras ésta se siente indefensa. Por tanto, lejos de ser un problema restringido a las características personales del acosador y de su víctima, se trata de un fenómeno claramente grupal.

El origen del Bullying

Entre los seis y los doce años pueden aparecer algunas conductas problemáticas en el niño que podrían incidir en el desarrollo posterior del sujeto. Uno de los principales problemas es la violencia infantil que cuando sobrepasa un límite pudiéramos encontrarnos ante un trastorno de conducta. La agresividad o violencia infantil se produce en varios contextos diferentes: en la familia, con los amigos o en el entorno escolar. En este último caso nos hallamos ante el acoso escolar, también denominado bullying.

La violencia es la expresión de la agresividad y está modulada por la cultura y la educación y, por lo tanto, es susceptible de modificación e intervención. Ninguna conducta humana está genéticamente determinada (excepto algunas conductas reflejas); los seres humanos son capaces de cualquier tipo de conducta incluyendo la bondad, el egoísmo, la agresión, la nobleza… El tipo de conducta que despliega un ser humano en un momento concreto no está determinada por sus genes, sino fundamentalmente por la experiencia vivida en interacción con esos genes (Montagu, 1990). No podemos, por tanto, aludir exclusivamente a la naturaleza humana para explicar la violencia (y mucho menos la violencia infantil) que el ser humano es capaz de desplegar en una determinada circunstancia, sino que obviamente debemos partir de la relación entre violencia, cultura y sociedad. El hombre que vive en sociedad es el único ser capaz de producir violencia, de sufrirla y de ser consciente de que es la causa o su víctima (Goiburu, 1996). Todo hecho violento es inevitablemente cultural. La superpoblación no supone el más grave problema de la humanidad, sino la violencia.

La preocupación de los psicólogos por el fenómeno de la violencia y la agresividad comenzó a sistematizarse a finales del siglo XIX con William James, quien la definió como un instinto, idea que ampliaría más tarde Freud al considerarlo como un impulso innato, casi fisiológico. Frente a las posiciones biológicas o mecanicistas de los primeros tiempos, aparecen las posturas de otros científicos que consideran la conducta agresiva como resultado del aprendizaje de hábitos perjudiciales. Es decir, un niño cuya conducta violenta se ve recompensada (por ejemplo a través de un mayor status en la clase) tiende a ser más violento que otro cuya conducta agresiva se vea desanimada por una constante desaprobación (Bandura y Walters, 1959).

Los niños de todas las culturas dan muestras de comportamiento agresivo desde poco después de nacer, tanto como reacción a alguna provocación como para conseguir algún objetivo deseado. De hecho, el periodo de mayor incidencia de la agresión física es el comprendido entre 1 y 3 años de edad (Tremblay et al., 2004). Después, por lo general, ese tipo de agresión va disminuyendo y, en su lugar, se produce un aumento de la agresión verbal e indirecta, especialmente en las niñas (Loeber y Hay, 1997) y, por supuesto, también van desarrollándose estrategias no agresivas de resolver los conflictos. Como ocurría en el caso de la conducta de ayuda, esa evolución se explica por factores culturales, madurativos y de aprendizaje social.

Durante el proceso de socialización el individuo aprende e interioriza las normas y valores morales propios de la sociedad en la que vive. Esas normas y valores indican lo que se debe y lo que no se debe hacer en la interacción con los demás y, al interiorizarse, forman parte del propio sistema de valores de la persona, que guía su comportamiento mediante un mecanismo de autocontrol o autorregulación. Es decir, la cultura y la educación modula la expresión de la agresividad. Ese mecanismo evitaría la realización de acciones que atenten contra esos valores interiorizados, anticipando las consecuencias negativas que tendrían para nosotros (sentimientos de culpa, vergüenza) y para los demás (Bandura, Barbaranelli, Caprara y Pastorelli, 1996).

La importancia del desarrollo cognitivo se hace evidente, p. ej., en el hecho de que los niños muy pequeños son incapaces de diferenciar los ataques de otros según los motivos o intenciones del agresor y, por tanto, reaccionan vengándose indiscriminadamente ante cualquier ataque. A medida que van madurando, adquieren la capacidad de ajustar su venganza a atribuciones cognitivas respecto a la naturaleza y la intención del ataque (Geen, 2001 ). En cuanto al aprendizaje social, este se produce a través de los modelos familiares, de los compañeros de edad y, de forma muy importante, de los modelos que se transmiten a través de los medios de comunicación y entretenimiento (Bushman y Huesmann, 2006). Gracias a ellos, los niños aprenden cómo y cuándo agredir y cuándo no hacerlo.

El contexto académico

El aula, los pasillos, el patio y el bar (si lo hubiere), las redes sociales, suponen entornos donde en cualquier momento puede surgir un conflicto que degenere en conductas agresivas y/o violentas. En el aula se pueden dar distintos tipos de conflicto que Cerezo Ramírez (1997) ha sintetizado en los siguientes:

  • Conflictos en el aula. Conflicto entre los valores culturales de la sociedad en la que está inmersa el colegio en cuestión y las expectativas institucionales dentro de ella. Uno de los objetivos primordiales de la institución académica es que los alumnos desarrollen al máximo sus capacidades con el fin de que logren una óptima adaptación a la sociedad. Sin embargo, la sociedad, hoy en día, es mucho más lúdica y hedonista que antaño y transmite como valor cultural la consecución rápida de las metas que se proponen las personas. P. ej., en el segundo cuatrimestre del curso 2019/2020 la UNED implemente un sistema de evaluación online (AvEx) para salvaguardar la salud de sus alumnos, la fiabilidad de esa aplicación se fundamenta en la honradez propia de estudiantes universitarios, pero muchos estudiantes han utilizado todo tipo de trucos para copiar en los exámenes, perjudicando a los estudiantes honrados y denigrando a la universidad y sus titulaciones); todo eso puede generar un conflicto continuo en el que se debate entre las expectativas de la entidad académica y lo que «le indica la sociedad». El problema es que se está enseñando a resolver ese tipo de conflictos tomando la decisión más beneficiosa y sencilla para el interesado. En una sociedad capitalista esa forma de resolver los conflictos es ideal, pero en un Estado Social y Democrático, no lo es y contribuye a devaluar la democracia y aumentar las injusticias.
  • Conflicto entre expectativas y personalidad. Sucede cuando existe una gran diferencia entre la personalidad del alumno y el papel o el rol que «le ha tocado» jugar en la clase. En ocasiones, un alumno que forme parte de un grupo de iguales, tiene un papel en la clase debido a una conducta o a una actitud determinada que nada tiene que ver con sus rasgos reales de personalidad. En estos casos existe una diferencia entre su temperamento y lo que tiene que «aparentar». Supone una situación bastante incómoda en la que se puede optar por jugar mal el papel que te han asignado (con la consiguiente catalogación de alumno ineficiente e ineficaz), o una mala integración personal que siempre será dañina para el alumno.

Tipos de conductas agresivas en el aula

En casi todas las aulas se pueden observar tres grupos bien diferenciados de alumnos. En concreto, tenemos a los alumnos bien adaptados, que son aquéllos que no participan de las situaciones violentas; ni agreden ni son agredidos y, por lo general, tienen unas relaciones sociales muy buenas con sus compañeros; el grupo de los agresores que se describirá más adelante y al que pertenecen alumnos que alteran la marcha del aula; y el grupo más sufridor que son los alumnos-víctima que, como su propio nombre indica, son los alumnos que reciben las continuas agresiones de los agresores. Pues bien, desafortunadamente, la interacción dinámica que se crea entre los tres grupos de alumnos mantiene y refuerza la conducta agresiva de los «bullies» (término inglés de difícil traducción, pero que indica algo así como el alumno que abusa, maltrata o intimida a sus iguales) y la situación de victimización de las víctimas. Esto es debido a que los agresores suelen declarar al resto de sus compañeros que en realidad sus conductas agresivas son bromas que las víctimas no saben sobrellevar y que ellos no tienen ninguna intención de hacer daño. Al mismo tiempo, los alumnos bien adaptados tienden a tener una actitud pasiva ante las agresiones que observan a su alrededor y suelen declarar que no es su problema solucionar las situaciones de violencia.

Algunas formas que puede adoptar la conducta agresiva humana*

ViolenciaDescripciónEjemplos

Física

Con el cuerpo
Golpear
VerbalCon palabrasGritar o insultar
PsicológicaDaño a la autoestimaHumillar
RelacionalDaño a las relaciones socialesExtender rumores negativos sobre alguien a sus espaldas
ManifiestaDaño a la autoestima y dignidadHumillar y vejar a alguien delante de otros
Encubierta
El agresor oculta su identidad
Enviar anónimos amenazantes a alguien
OmisiónEl agresor se niega a ayudar
Negarse a defender a alguien injustamente criticado
• En este cuadro sólo se recogen los tipos más representativos de conducta agresiva. Estos tipos no son excluyentes entre sí. Por ejemplo, extender rumores negativos sobre alguien a sus espaldas es un ejemplo de agresión relacional, pero también verbal, indirecta y, muchas veces, encubierta.

El bullying, una forma de agresión grupal

El bullying es una forma de violencia grupal. La agresión que llevan a cabo los grupos tiene mucho en común con la agresión interpersonal: puede surgir a partir de la activación procedente de la provocación, la frustración u otro estímulo instigador, o por el deseo de alcanzar algún objetivo concreto; puede verse facilitada por la presencia de claves situacionales que «priman» o preactivan pensamientos relacionados con la agresión; y puede resultar potenciada también por la presencia de modelos agresivos, sobre todo en situaciones de incertidumbre o muy estresantes, en las que la gente se fija en lo que hacen los demás para saber cómo comportarse. Un factor esencial y más característico de la agresión grupal es el papel de las normas favorables a la agresión que se desarrollan dentro del grupo. Esas normas, que prescriben explícita o implícitamente lo que es apropiado que los miembros del grupo hagan y lo que no, suelen surgir de la interacción grupal, y los miembros las interiorizan y ajustan su conducta a ellas, bien porque se sienten identificados con el grupo o bien para evitar ser castigados o rechazados por él (Goldstein, 2002). Existen múltiples modalidades de agresión grupal. En unos casos, la agresión se produce en el seno del grupo y, en otros, entre grupos distintos.

Diferencias de género en agresión

Desde una perspectiva evolucionista, la existencia de tendencias de comportamiento agresivas en los seres humanos actuales se debe a que fueron útiles durante la historia evolutiva de nuestra especie para afrontar las demandas del ambiente y garantizar el éxito reproductivo. Pero esas demandas fueron diferentes para hombres y mujeres en algunos aspectos (véase Gaviria, 2019; Gaviria y López-Sáez, 2019): los hombres, para poder transmitir sus genes, necesitaban buscar una pareja que les fuera fiel y conservarla, para lo cual debían luchar contra otros rivales y estar atentos a cualquier señal de infidelidad sexual; por su parte, las mujeres debían buscar una pareja que se comprometiera a proteger a los hijos y a colaborar en la crianza, lo que también requería luchar contra otras rivales y prestar atención a posibles señales de infidelidad emocional. Puesto que tanto los hombres como las mujeres necesitaban competir con posibles rivales, la capacidad para la agresión era fundamental en ambos casos, pero las diferencias físicas entre los dos sexos marcaron la selección de la modalidad agresiva.

Los hombres, al ser más fuertes y tener que competir con otros hombres, desarrollaron la tendencia a la agresión física; las mujeres, en cambio, se especializaron en estrategias menos arriesgadas de agresión indirecta y relacional, que no ponían en peligro su capacidad para criar y cuidar de su descendencia y, además, tenían el valor adicional de dañar la reputación de las posibles rivales ante su propia pareja (Vaillancourt, 2005).

Desde un enfoque sociocultural, la conducta agresiva está regulada por los roles de género masculinos y femeninos adoptados por las personas en el proceso de socialización (Eagly y Wood, 1999). Mientras el rol de género masculino se asocia con la asertividad y la dominancia, lo que facilita la agresión, el rol femenino está vinculado a características como ser afectuosa y mostrar sensibilidad a las necesidades de los demás, que son incompatibles con las manifestaciones agresivas. Algunos resultados de investigación se han interpretado como apoyo al enfoque de los roles de género. Por ejemplo, se ha encontrado que en situaciones de desindividuación (anonimato), las diferencias entre hombres y mujeres en respuestas agresivas (en un videojuego) desaparecen (Lightdale y Prentice, 1994). Y lo mismo ocurre cuando las personas se encuentran ante una fuerte provocación (Bettencourt y Miller, 1996). Sin embargo, estos resultados no invalidan la hipótesis evolucionista, dado que una provocación fuerte o un ataque podían ser igual de peligrosos para los hombres que para las mujeres en tiempos ancestrales (imaginemos a una madre teniendo que proteger a sus hijos de un ataque mediante estrategias indirectas) y, por tanto, no justifica que hubiera diferencias sexuales a la hora de reaccionar a esos estímulos. Por otra parte, lanzar bombas a un oponente en un videojuego no parece una situación muy representativa de las presiones selectivas que habrían definido las diferencias entre hombres y mujeres en tiempos ancestrales.

El en caso del bullying la expresión de la violencia es muy diferente entre hombres y mujeres, mientras que los primeros ejercen la violencia de forma mucho más explícita que las mujeres, las mujeres son más de difundir rumores falsos, humillar y denigrar a las víctimas. Otra diferencia a tener en cuenta es en la resolución de conflictos, en el caso de los hombres a veces solo es necesario enfrentarse al agresor para que cese la violencia, y a partir de ahí puede establecerse una relación normal, incluso de amistad. En el caso de las mujeres es más complicado, y en muchas ocasiones se pasan el resto de su vida hablando mierda de sus víctimas, desde luego, no es habitual que una mujer te muestre su cara «violenta», lo normal es que te sonrían, y en cuanto te des la vuelta se dediquen a crear o difundir bulos sobre su víctima.

Fuente

  • Gaviria, Cuadrado Guirado, López Sáez y Gaviria, Elena. (2019). Introducción a la psicología social (3ª ed.). Madrid: Sanz y Torres: Universidad Nacional de Educación a Distancia.
  • García Madruga, J. A. y Delval, J. (Eds.) (2019). Psicología del Desarrollo I. 2ª Edición. Madrid: UNED. ISBN: 978-84-362-7554-4.

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