COGNICIÓN AMBIENTAL

Los estudios de cognición ambiental tratan de dar cuenta de cómo los seres vivos toman decisiones para alcanzar el destino a lo largo de un trayecto. El mapa cognitivo es un constructo que comprende tanto la propia representación mental que la persona tiene de un espacio determinado (cognitive map) como el proceso cognitivo por el cual se capta, almacena y recupera información del ambiente, sea real o imaginario, y que se utiliza para tomar decisiones mientras se deambula por el espacio (cognitive maping). La información que contiene permite situar cualquier punto del ambiente y relacionarlo, al menos, con una de las tres dimensiones que se requieren para definir ese espacio, bien sea el tamaño, la distancia o la dirección. Sus funciones son (Siegel, Kirasic y Kail, 1978):

  • Organizar la experiencia social y cognitiva.
  • Influir en la organización del espacio.
  • Ser un dispositivo para generar decisiones acerca de acciones y planificación de secuencias de acción.
  • Conocer dominios no espaciales que forman parte de su experiencia con el ambiente, como decidir a qué aparcamiento dirigirse o conocer la lista de restaurantes de una zona cuando se requiera.

Los elementos que componen cualquier mapa cognitivo son cinco (Lynch, 1960; Aragonés y Arredondo, 1985):

  1. Sendas. lugares de carácter lineal que recorren las personas para desplazarse de un punto a otro. P. ej., Avenida Diagonal (Barcelona).
  2. Límites. Líneas reales o imaginarias que señalan el final de un espacio o separan dos áreas o zonas de dicho espacio. P. ej., tramo final río Eo (frontera Galicia- Asturias).
  3. Nodos. Puntos estratégicos en que el observador ingresa y sale hacia una nueva dirección. P. ej., Puerta del Sol (Madrid).
  4. Mojones o hitos. Puntos de referencia que permiten reconocer dónde se encuentra la persona. P.ej. Edificio “La jirafa” (Oviedo), cualquier escultura de Botero, o tu Bar preferido.
  5. Barrios. Espacios bidimensionales que forman parte del conjunto del espacio representado y que, a su vez, pueden contener alguno o todos los elementos anteriormente mencionados. P.ej. La Calzada, El llano, Pumarín (Xixón).

Lynch (1960) nos dice que, para que un elemento pueda formar parte del mapa cognitivo, debería tener alguna de las siguientes propiedades:

  • Identidad, que el elemento se diferencie respecto a los otros que lo rodean.
  • Estructura, que el elemento en cuestión se componga de un conjunto de objetos que tengan una relación espacial entre sí y que dicha relación pueda ser percibida.
  • Significado, que el elemento posea un valor emotivo o funcional para el observador.

Atendiendo al orden en que se aprenden los elementos del mapa cognitivo, la investigación ha establecido que lo primero que se incorporan los mojones, seguidamente las sendas y, finalmente, los barrios. Esto ocurre tanto en niños como en adultos aunque este resultado depende del tipo de ambiente de que se trate (Evans, 1980). P. ej., cuando las distancias entre los mojones son muy grandes, se aprenden primero las sendas mientras que si la distancia entre ellos es pequeña, se aprenden primero los mojones.

En el entorno considerado a gran escala existen ciertos mojones que pueden ser considerados puntos de anclaje de la representación (Couclelis, Golledge, Gale y Tolber, 1987), ya que, a través de ellos se organiza jerárquicamente la representación del lugar. Estos puntos suelen ser familiares para el observador, como su propia casa o el lugar de trabajo, y actúan como puntos de referencia para localizar otros lugares y así ir configurando el mapa cognitivo de la ciudad.

Formación mapa cognitivo

Este tema ha sido estudiado tanto desde el nivel ontogenético, en el que se ha prestado atención a cómo los niños alcanzan la capacidad de representarse espacios a gran escala, como desde el nivel microgenético, en el que se ha observado cómo los adultos llegan a alcanzar una buena representación de esos espacios desconocidos en un principio.

Apoyados en el modelo de Piaget sobre la cognición espacial básica, Hart y Moore (1973), propusieron que los niños se representan los entornos de gran escala siguiendo tres estadios:

  • Sistema de referencia egocéntrico. Se trata de una representación que se corresponde con las acciones que el niño realiza en el espacio; la representación está formada por imágenes discontinuas y fragmentadas.
  • Sistema de referencia fijo. La representación espacial se organiza en torno a elementos fijos y concretos, sin apenas conexión, que el niño ha explorado y que no ocupa necesariamente en el momento de la representación.
  • Sistema de referencia abstracto o coordinado. La representación atiende a un patrón geométrico abstracto que se corresponde con un marco de referencia que asume las características de un mapa cartográfico. Se constata que el hecho de que los niños tengan más actividad en el espacio urbano no favorece el paso a un estadio superior.

Un proceso análogo experimentan los adultos cuando se encuentran en un lugar novedoso y mediante la familiaridad con este lugar llegan a tener una visión abstracta de éste. En un primer momento, la persona apenas es capaz de reconocer los lugares que visita y no puede situarlos en un marco de referencia. Cuando lleva un tiempo en el lugar, reconoce sectores de la ciudad en los cuales sitúa los elementos visitados, pero tiene dificultad para relacionar unos sectores con otros. Finalmente, cuando lleva mucho tiempo en el lugar, se ha familiarizado con él y es capaz de situar los elementos en el mapa cartográfico que lleva en la cabeza (Moore, 1974). No obstante, en los adultos toma una especial relevancia, junto con el aprendizaje que se alcanza con la experiencia directa del ambiente, otro aspecto secundario, que se logra con el uso de mapas y descripciones de los lugares (McDonald y Pellegrino, 1993). En este caso, se facilita el reconocimiento de la superficie pero, al mismo tiempo, se pueden causar ciertas confusiones, ya que el mapa suele orientarse situando el norte en la parte superior de la representación mientras que la representación cognitiva derivada de la experiencia directa no tiene ninguna orientación específica, lo cual puede crear confusión al tratar de compatibilizar ambas informaciones (MacEachren,1992). Recordar las dificultades que a veces se tienen, cuando a pesar de disponer de un mapa, uno trata de orientarse en una ciudad.

Sesgos de la cognición de los espacios de gran escala

Uno de los debates sobre los mapas cognitivos es el tipo de representación que se mantiene del espacio. Se defienden dos posiciones con mayor o menor éxito:

  • Una es de carácter analógico: la representación es análoga al espacio real, como si de una fotografía se tratara.
  • La otra es de carácter proposicional: la representación se deriva de un conjunto de asociaciones de conceptos que permiten que emerja la imagen del lugar.

No es fácil dar una respuesta a una u otra posición y parece que una posición ecléctica tiene mayor aceptación (Evans, 1980). Debido a la falta de correspondencia, punto por punto, entre los mapas cartográficos y los espacios geográficos reales y la existencia de ciertos sesgos que se manifiestan cuando se recuperan de la memoria las representaciones cognitivas, se acepta fácilmente el carácter proposicional a la hora de entender la forma de configurarse la representación espacial.

Uno de los sesgos más comunes se encuentra en la estimación de distancias. Se observa que no se cumple necesariamente la propiedad conmutativa. Las estimaciones de distancia entre un punto A y un punto B varían según el punto de partida o el punto de llegada. Lee (1970) observó que la distancia de la periferia al centro de la ciudad era subestimada mientras que en el trayecto inverso, la distancia se sobrestimaba; sin embargo, resultados contrarios obtuvieron Golledge, Briggs y Demko (1969). Las razones se encuentran, principalmente, en que en el primer caso se trata de una ciudad “Dundee” más pequeña que “Columbus”, que la periferia de Dundee se encuentra sobre colinas, lo que no sucede en Columbus y que el centro de Dundee es un lugar atractivo frente a Columbus. Otro sesgo que se manifiesta en la estimación de distancias se relaciona con el número de intersecciones de calles que se cruzan a lo largo de un recorrido de tal forma que, cuantas más calles haya que cruzar, mayor será la distancia percibida y si los nombres de las calles son fácilmente recordables, mayor es aún la distancia estimada. La razón de esta última distorsión se debe al hecho de que la familiaridad favorece mayor almacenamiento de información y, por tanto, mayor número de elementos a la hora de recorrer mentalmente el trayecto (Sadalla y Staplin, 1980a; 1980b).

Existen otros sesgos, como la tendencia a dulcificar las curvas. Ej.: los montoreños perciben el meandro del Guadalquivir más suave de lo que es en realidad. Existe también una tendencia a representarse las esquinas de la ciudad como ángulos rectos a pesar de que, en ciertos casos, sean agudos u obtusos. Asimismo, las calles convergentes se tienden a percibir como paralelas. Otro error habitual se produce a la hora de localizar lugares entre los cuales se busca una relación, este error se produce cuando estos lugares pertenecen a dos categorías espaciales diferentes (p. ej., países distintos o regiones) y entre estas hay una relación diferente a la que tienen entre sí los lugares. Por ejemplo, sería fácil pensar que Bilbao está más al sur que Perpiñán ya que esta ciudad pertenece a Francia y este país está al norte de España; sin embargo, no es así. Otra incoherencia que suele aparecer entre la ciudad y la representación que se tiene de ella es el tamaño que se percibe del centro, reduciéndolo o ampliándolo según sea el lugar de residencia. Las personas acercan el centro percibido hacia el lugar donde viven y, cuanto más céntrico se vive, más pequeño se percibe este; igualmente sucede cuando las personas viven muy alejadas de la ciudad. En este caso, también se percibe muy reducido el centro de la metrópoli.

Muchos de los conocimientos obtenidos sobre la cognición ambiental tienen aplicación en la planificación y el diseño urbano, aunque por la falta de perfil profesional de los psicólogos ambientales es difícil encontrar aplicaciones en el momento de las actuaciones urbanísticas. Los conocimientos adquiridos pueden ser interesantes para definir puntos de anclaje para facilitar la orientación, para organizar el espacio en ciertos ámbitos del espacio urbano o gestionar la movilidad en el centro de la ciudad, adquiriendo más relevancia cuando la ciudad va a sufrir una importante transformación, como puede ser acoger la fase final de un campeonato mundial de futbol. Otro campo de aplicación es en la enseñanza de la Geografía, ajustando el aprendizaje al nivel de desarrollo espacial, y evitando que algunos sesgos provoquen conocimientos erróneos o faciliten la confirmación de ciertos prejuicios sociales.

Señalización (wayfinding)

La búsqueda de la orientación es un campo dentro de la cognición ambiental donde se hace evidente la aplicación. Se trata de estudiar los procesos de toma de decisión para encontrar el camino (señalización o wayfinding) y, particularmente, cuando se consultan los mapas que informan diciendo “usted está aquí”. Habitualmente, los espacios sobre los cuales se suelen tomar estas decisiones son ambientes de menor escala que las ciudades, (como un recinto ferial, un hotel), aunque no es extraño encontrarse en el ámbito urbano y tener que decidir un camino partiendo de un mapa que informa sobre dónde se encuentra uno.

Pueden entenderse por wayfinding las estrategias que utilizan las personas para orientarse durante sus desplazamientos. Se trata de conocer cuáles son las informaciones almacenadas a las cuales se recurre para resolver un problema espacial, qué rutas o qué tipo de transporte se usa para realizar con éxito un desplazamiento (Passini, 1984).. En este caso, el mapa cognitivo se convierte en el mecanismo psicológico que permite conocer cómo se toman las decisiones y cómo se produce la orientación durante el desplazamiento. Muchas de las investigaciones se llevan a cabo con laberintos simulados en el ordenador, lo que implica cierta dificultad para extraer aplicaciones directas a contextos reales (Devlin y Berstein, 1997).

En los desplazamientos por la ciudad, la orientación se lleva a cabo, principalmente, mediante mojones e intersecciones aunque, si se manejan bien las distancias entre puntos y se diferencian los tipos de ángulo que forman las calles, aumenta el número de caminos alternativos al disponer de una red compleja que relaciona los puntos. Si no se cuenta con esta red de relaciones, entonces la persona tiene que ir identificando mojón a mojón hasta alcanzar el lugar al cual se dirige.

El nivel de desarrollo del mapa cognitivo influye en la orientación, pero también dependerá de la complejidad del ambiente en que uno se trata de orientar. Entre las propiedades del ambiente que facilitan la orientación se encuentran las siguientes (Gärling, Book y Lindberg, 1986):

  • Diferenciación: grado en que las partes del ambiente parecen distintas.
  • Grado de acceso visual: extensión de las diferentes partes del ambiente que pueden verse desde otro punto panorámico.
  • Complejidad del trazado espacial: refleja la cantidad y dificultad de la información que debe ser procesada sobre el ambiente para moverse alrededor de este. Cuanto más simple sea la información requerida, más fácil será la orientación en ese espacio.

En muchas ocasiones, el hecho de estar desorientado en un lugar produce sentimientos muy negativos, como estrés, frustración e hiperventilación o aumento de la presión sanguínea, por lo que algunos psicólogos ambientales se han preocupado por evitar este malestar.

Elementos que facilitan una buena orientación en los grandes complejos arquitectónicos
Establecer un trazado claro de los servicios de forma que se relacionen fácilmente los elementos de destino común: entradas, escaleras, ascensores y aparcamientos, etc.
Diferenciar los interiores en sus elementos arquitectónicos y de diseño, de tal forma que no parezcan exactamente iguales.
Ubicación de mojones o hitos que embellezcan el ambiente y faciliten moverse hacia ellos o recordarlos en caso de regreso.
Poner señales que informen sobre dónde se encuentra la persona y cuál es el camino que debe escoger para alcanzar el objetivo.
Elaborar mapas de mano o murales fijos con la indicación de usted está aquí suficientemente simples para facilitar la orientación.
Iluminar adecuadamente los mojones, las señales y los puntos de decisión.

Carlson, Hólscher, Shipley y Dalton (2010) han detectado que al menos hay tres factores por los cuales la gente se pierde en un edificio:

  • La estructura espacial del edificio.
  • El mapa cognitivo que se construye al deambular por él.
  • Las estrategias y habilidades espaciales de los usuarios.

Estos tres factores, junto con las propiedades que se derivan de sus intersecciones dos a dos y conjuntamente, les permiten construir un marco integrador de la investigación sobre la orientación en edificios.

Modelo integrado para orientarse en edificios complejos (adaptado de Carlson, Hölscher, Shipley
y Dalton, 2010).

En primer lugar, debe haber una correspondencia entre el edificio y el mapa cognitivo. El mapa debe ser una representación fidedigna de la estructura espacial del edificio. En segundo lugar, debe haber compatibilidad entre el edificio y las estrategias y habilidades del usuario (por ejemplo, cuando el usuario no percibe obstáculos que le impidan acceder al lugar al cual se dirige). Un criterio de falta de compatibilidad aparece cuando este percibe el lugar como un laberinto. En tercer lugar, la integración que presenta el mapa cognitivo en función de las estrategias y habilidades de los usuarios. P. ej., una estrategia de movilidad que siga una ruta determinada promoverá una representación cognitiva semejante a una sucesión de escenas. Una estrategia de movilidad que incida en una visión de conjunto promoverá una representación más semejante a una perspectiva aérea.

La complejidad, producto de la intersección de los tres factores estará definida por la dificultad de orientarse en una estructura concreta, con un mapa cognitivo específico y con unas estrategias determinadas. Un tema facilitador de la orientación en los ambientes institucionales, son los mapas que indican dónde se encuentra la persona en el mapa “usted está aquí”. En muchas ocasiones, estos mapas no cumplen bien su función y resulta difícil reconocer el lugar respecto a la posición de aquel que lo observa. Para facilitar la lectura habría que tener en cuenta, en primer lugar, se trata de establecer una correspondencia entre el mapa y el ambiente representado. Para ello hay que identificar, al menos, dos puntos tanto en el mapa como en el espacio; se puede situar el mapa cerca de zonas no simétricas para facilitar sus localizaciones. Asimismo, el mapa debe estar colocado en paralelo al espacio que representa y en la misma orientación. Y si el mapa se encuentra en posición vertical, la zona más alta del mapa debe corresponderse con el frente, aunque es mejor que esté en paralelo.

Referencias

  • Arias Orduña, A. (2016). Psicología social aplicada (1a ed., reimp. ed.). Madrid: Editorial Médica Panamericana.
  • Apuntes Aitziber Laguardia

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