El desarrollo fonológico

La percepción del habla

Abercrombie (1967). Todos los idiomas pueden clasificarse en una de tres posibles categorías rítmicas, y la sensibilidad a estas distintas categorías permite a los bebés distinguir si dos entradas lingüísticas pertenecen o no al mismo idioma.
Iverson y Kuhl (2002). La distinción entre los fonemas /r/ y /l/ es relevante en castellano y en muchas otras lenguas (inglés, francés, etc.) de tal manera que palabras como /rana/ y /lana/, que sólo difieren en esos fonemas, tienen un significado diferente. Sin embargo, esta distinción no es relevante en japonés, lengua en la que no se distingue entre /l/ y /r/. Pues bien, cuando se presentan mediante un sintetizador de voz distintas sílabas que comienzan por /la/ o por /ra/ (en las que se varía su pronunciación), se ha encontrado que tanto los bebés ingleses como los japoneses discriminan bastante bien ambos tipos de sílabas; sin embargo los resultados cambian en el caso de adultos. La discriminación entre ambos sonidos es una tarea prácticamente imposible para los adultos japoneses, en cuyo lenguaje dicha distinción no es relevante.
Waxman y Lidz (2006). La primera habilidad lingüística que deben adquirir los bebés es la de reconocer una palabra concreta y específica dentro de la corriente continua de sonidos del habla a la que están expuestos; es decir, tienen que ser capaces de identificar dentro del flujo del habla que perciben, una misma palabra en expresiones diferentes y producida por hablantes muy diversos.

En muy pocos meses, los bebés son capaces de identificar palabras, para lo cual, tienen que discriminar entre sonidos lingüísticos y no lingüísticos y dividir o segmentar esa cadena continua de sonidos a la que están expuestos en unidades lingüísticamente significativas. La primera habilidad lingüística que deben adquirir los bebés es la de reconocer una palabra concreta y específica dentro de la corriente continua de sonidos del habla a la que están expuestos. Este proceso comienza cuando los bebés son capaces de hacer discriminaciones entre los sonidos, como la diferenciación entre sílabas fonéticamente muy parecidas, por ejemplo pa y ba.

Durante los seis primeros meses de vida los bebés tienen una gran sensibilidad hacia los sonidos del habla, lo cual les permite hacer discriminaciones muy finas entre distintos sonidos y tipos de sílabas diferentes. Hasta aproximadamente los 10 meses, los bebés no sólo son sensibles a los contrastes fonéticos de su lengua materna, sino que también lo son a los contrastes de otras lenguas; mientras que los adultos no. Los niños nacen con la capacidad innata de distinguir un amplio rango de contrastes fonéticos, rango que se iría limitando con la exposición a una lengua concreta, de forma que hacia los 9 meses sólo se mantendrían aquellos contrastes que son relevantes para la lengua en la que se está inmerso. Por lo tanto, la capacidad para discriminar los sonidos es en un principio potencialmente ilimitada, y que esta capacidad iría acotándose hasta llegar aproximadamente a los 9 meses, edad en que el bebé comenzaría a especializarse en la discriminación de los sonidos específicos de su lengua.

Los recién nacidos también han demostrado ser muy sensibles al ritmo del lenguaje, un aspecto que desempeña un papel muy importante en la discriminación de las distintas lenguas. Actualmente, sabemos que todos los idiomas pueden clasificarse en una de tres posibles categorías rítmicas (Abercrombie, 1967), y que la sensibilidad a estas distintas categorías permite a los bebés distinguir si dos entradas lingüísticas pertenecen o no al mismo idioma. Durante años la precocidad con la que los bebés afrontan la percepción del habla sugirió la existencia de algún dispositivo neurológico dedicado específicamente al procesamiento de los sonidos del habla. Sin embargo,las tempranas habilidades mostradas por los bebés para percepción del lenguaje podrían estar profundamente enraizadas en nuestra historia filogenética.

Los bebés disponen de potentes mecanismos de aprendizaje que les permiten detectar las regularidades prosódicas de su lengua materna. Hacia los 9 meses, los bebés ingleses parecen haber aprendido estas y otras regularidades de su lengua materna. Las expectativas prosódicas son un mecanismo muy útil para que el bebé comience a segmentar el discurso en palabras discretas. El aprendizaje de un idioma suele producirse en el seno de interacciones sociales ricas en información paralingüística. Por tanto, el rápido aprendizaje que los bebés hacen de un idioma posiblemente sea producto de un complejo proceso de interacción entre factores genéticos, potentes mecanismos de aprendizaje y ciertas facilidades ambientales.

La producción del habla

Kent (1984). Los niños sordos, pese a que balbucean, producen distintos patrones que los oyentes.
De Boysson-Bardies et al. (1989). Los niños de distintas comunidades lingüísticas producen también distintos patrones de balbuceo.
Menn y Stoel-Gammon (1995). La función del balbuceo sería la de ofrecer al niño la posibilidad de practicar la producción de sonidos (mediante la repetición de los mismos) y, al mismo tiempo, recibir retroalimentación sobre sus emisiones, lo cual implica que el niño se oye y autorregula.
Bloom (1999). La emisión de sonidos silábicos (que requieren la maduración del tracto articulatorio y de las conexiones sensoriomotoras subcorticales entre el sistema auditivo y el de producción del lenguaje) no alcanza su madurez hasta los 6-7 meses, con la aparición del balbuceo.
Gopnick, Meltzoff y Kuhl (1999). Subrayan que el balbuceo es la forma que tienen los niños de imitar los sonidos adultos, de relacionar los movimientos de las articulaciones implicadas en la producción del habla (labios, lengua, boca y mandíbula) con los sonidos que emite, e ir construyendo una especie de mapa de emparejamientos entre ellos, lo cual es crucial en el desarrollo fonológico inicial.

Desde el nacimiento hasta las ocho semanas de vida, los bebés emiten sonidos reflejos, gritos, gruñidos y sonidos vegetativos. A los tres meses emiten e intercambian arrullos con los adultos. Sin embargo, no se considera que estos sonidos sean indicativos de madurez del habla hasta que no muestran combinaciones de vocales y consonantes, y tienen una duración más prolongada. La emisión de sonidos silábicos no alcanza su madurez hasta los 6-7 meses, con la aparición del balbuceo.

El balbuceo inicial se produce de forma idéntica en todos los niños y niñas de todas las culturas: se combinan los sonidos consonánticos p, b, m con el sonido vocálico a. Los bebés sordos también «balbucean con sus manos», es decir, realizan movimientos que reflejan los mismos patrones de combinaciones consonánticas y vocálicas que los niños oyentes. Esto indica que el balbuceo inicial está innatamente determinado. Sin embargo, rápidamente los patrones de balbuceo dejan de ser universales para ir ajustándose paulatinamente a los patrones lingüísticos del entorno en el que vive el niño.

¿Cual es la función del balbuceo? La investigación reciente revela que el balbuceo es un proceso continuo, puesto que se ha encontrado que el balbuceo y las primeras palabras parecen utilizar el mismo repertorio de sonidos, lo que indicaría que los sonidos que el niño practica en el balbuceo favorecen en cierta medida las palabras que adquiere en primer lugar. El balbuceo es la forma que tienen los niños de imitar los sonidos adultos, de relacionar los movimientos de las articulaciones implicadas en la producción del habla (labios, lengua, boca y mandíbula) con los sonidos que emite, e ir construyendo una especie de mapa de emparejamientos entre ellos, lo cual es crucial en el desarrollo fonológico inicial.

Alrededor de los 12 meses, los niños producen sus primeras verbalizaciones con significado. Estas pueden ser, bien versiones de las palabras adultas, o lo que se ha denominado protopalabras.

Referencias

  • García Madruga, Delval, & Delval, Juan. (2019). Psicologia del desarrollo I (2ª ed. rev. ed., Grado (UNED); 6201201). Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia.

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