Introducción a los problemas éticos

Al definir a la ética, hemos visto que el mejor rasgo que la caracteriza en cuanto disciplina filosófica es, sin duda, su carácter teórico, el cual le permite formular una serie de problemas en torno a su objeto de estudio: la moral.

Problemas de la valoración moral

Recibe el nombre de valoración moral el hecho de atribuir, adjudicar, un valor a una acción humana determinada. La valoración es una reacción humana ante un hecho o un acontecimiento. En la valoración, la voluntad aprueba o repudia.

La valoración no tiene carácter abstracto; sus elementos (sujeto que valora, objeto de la valoración, resultado de la valoración o juicio de valor) son todos concretos, históricos y temporales. No debe olvidarse el origen humano y concreto de la valoración.

Es un hecho indiscutible el carácter histórico de la valoración. La historia muestra los cambios que ha sufrido la conciencia moral; cada pueblo, cada época propone una escala de valores acorde con su circunstancia. Una ética dogmática tenderá siempre a soslayar esta historicidad de la valoración; aferrada a un solo punto de vista, incurrirá en una miopía estimativa, incapaz de valorar, en su justa proporción, las concepciones morales del pasado o de otras culturas extrañas. El papel de la ética consiste en encontrar un criterio objetivo para estudiar y comprender el fenómeno de la valoración, sin olvidar su sentido histórico.

El problema de la valoración moral plantea una cuestión decisiva para la ética, tan importante para ella, que se ha considerado el meollo mismo de ésta: ¿qué es lo bueno?, ¿puede establecerse un concepto objetivamente válido del valor bondad?… Pero al aclarar en qué consiste lo bueno, la ética tendrá que explicar en qué consiste lo malo o el vicio moral. Así, pues, el valor de lo bueno implica o remite a su contrario, al disvalor de lo malo.

¿Qué es lo bueno? Esta pregunta que formula el problema de la valoración moral conduce a una serie de tentativas, de soluciones encaminadas a establecer una concepción de lo bueno. Bajo el nombre de teorías de lo bueno o criterios estimativos se analizarán algunas de estas soluciones. Es necesario hacer notar que el conjunto de todas estas soluciones o respuestas al problema de la esencia de lo bueno, constituyen la historia misma de la ética; por lo cual este parágrafo debe complementarse con el siguiente tema de este libro, dedicado a estudiar, precisamente, las doctrinas éticas fundamentales.

Importante. No esperes resolver ningún problema utilizando el sistema 1, hay que utilizar el sistema 2, y tener la suficiente madurez para aceptar una solución contraria a tus intereses. Por eso el mundo en que vivimos es como es…

Teorías de lo bueno o criterios estimativos

Se denominan teorías de lo bueno o criterios estimativos, a las diversas doctrinas que intentan solucionar el problema de investigar qué es lo bueno.

Hedonismo

En la antigua Grecia se encuentran los primeros criterios estimativos creados por sus grandes filósofos; uno de estos criterios para juzgar lo que es el bien es el hedonismo (de la palabra griega hedone, placer). El hedonismo sostiene que el sumo bien, que lo bueno, consiste en el placer.

Según el hedonismo, es moralmente buena aquella conducta que tiene por fin el placer o, por lo menos, la negación de dolor (displacer). El placer está inherente en la naturaleza del hombre. Es propio de la naturaleza humana el tender al logro del placer y evitar todo aquello que causa sufrimiento, ya sea físico o espiritual. La palabra placer tiene un fuerte matiz sensual; cuando se habla de placer, se piensa en general, en deleites corporales, sexuales. Sin embargo, no es éste el sentido que el placer tiene en los hedonistas; ellos no desembocan en un hedonismo extremo. Se dice que Epicuro inculcaba a sus discípulos el amor a la naturaleza y las cosas bellas, enseñando que es necesario llevar una vida amable y sencilla. Sólo así se podrá encontrar lo placentero y virtuoso. Resulta paradójico recordar que Epicuro sufre de parálisis, come frugalmente, y, en general, es abstemio; aconseja la búsqueda de placeres bastante moderados (no pasar hambre, sed ni frío), así como una sabia autodisciplina. Frecuentemente se olvida que estudiar, contemplar una obra de arte, escuchar una melodía, sostener una conversación inteligente, proporciona placer. Epicuro considera que muchos placeres son efímeros y acarrean dolor. En efecto, algunos placeres van acompañados de dolor; éstos hay que evitarlos. Es necesario evitar, por ejemplo, los placeres dinámicos que, según Epicuro, no son duraderos; entre ellos está el deleite sexual, que entraña fatiga, remordimiento y depresión.

No es casualidad que el hedonismo sea uno de los principales determinantes motivacionales de la conducta humana. Como yo lo veo, implica utilizar el sistema 1 (antes muerto que utilizar el sistema 2). La cultura y la educación modulan el hedonismo. Si hacemos una encuesta sobre AvEx, seguramente nos encontremos con que la mayoría de estudiantes que hacen trampas son del sur de españa, y con un nivel cultural no muy elevado.

Eudemonismo

Según el eudemonismo, lo bueno se cifra en la felicidad; el hombre persigue lie una manera innata y espontánea la felicidad; la felicidad es lo eternamente apetecible en sí mismo. El eudemonismo se encuentra en filósofos de la talla de Sócrates, Platón y Aristóteles. Para Sócrates, el principal elemento que conduce a la felicidad es el conocimiento (a esta postura se le denomina “intelectualismo ético”); su tesis es que la sabiduría nos lleva a la virtud, y que ésta, a su vez, nos permite acceder a un estado de plenitud y satisfacción. Para Platón la felicidad también radica en la práctica de la virtud entendida como sabiduría, solamente que ésta se logra en un reino intangible, ultraterreno o Mundo de las Ideas. Pero la elaboración más sistemática de esta doctrina se debe a Aristóteles de Estagira, quien considera que el fin último de la vida es la felicidad; todos los hombres encaminan sus actos hacia la consecución de la felicidad; pero no todos saben en qué consiste ni cómo lograrla. El vulgo piensa que la felicidad consiste en la búsqueda de placeres materiales; otros consideran que la felicidad radica en los honores y riquezas … Sin embargo, la felicidad, comenta Aristóteles, sólo puede consistir en la práctica de una vida acorde con la naturaleza racional del hombre (vida teorética); el soberano bien consiste, según Aristóteles, en la actividad del alma razonable en una vida perfecta; pero esta vida requiere, además, de otras cosas: posesión de los bienes del cuerpo, posesión de bienes externos, el uso razonable de esos bienes, etcétera.

Obviamente el camino del eudemonismo implica el uso del sistema 2, y lamentablemente no nos educan para eso. Te imaginas una sociedad donde el 90% de la población no dedicase su vida a la búsqueda del placer?

Utilitarismo

El utilitarismo (del latín utile, lo que es útil) es la doctrina ética que sostiene que lo bueno consiste en lo útil. También se considera el utilitarismo como aquella doctrina que declara que lo moralmente bueno radica en una legítima aspiración hacia el bienestar.

El utilitarismo puede adoptar tres posiciones:

  1. Cuando se busca el bienestar individual en detrimento de la sociedad (individualismo o egoísmo ético).
  2. Cuando se busca el bienestar de los otros en detrimento de la utilidad individual (altruismo).
  3. Cuando se trata de conciliar el bienestar individual con el bienestar social .

Puede afirmarse que la tercera posición es la forma estricta en que debe entenderse el utilitarismo. El utilitarismo declara que lo bueno es la utilidad. La acción buena es la que procura felicidad y satisfacción a la sociedad. La utilidad responde a una necesidad o tendencia natural; dicha tendencia inclina al hombre a promover la felicidad de sus semejantes.

El utilitarismo tiene su origen en Inglaterra; uno de sus primeros exponentes fue Francisco Hutcheson, quien lo propagó en 1725. Sin embargo, sus más famosos teóricos son Jeremías ‘Bentham (1748-1832) Y John Stuart Mill (1808-1873). En estos autores se encuentra también un hedonismo, ya que tienden a identificar la felicidad con el placer.

El credo que acepta la utilidad o principio de la mayor felicidad como fundamento de la moral, sostiene que las acciones son justas en la proporción con que tienden a promover la felicidad; e injustas en cuanto tienden a producir lo contrario de la felicidad. Se entiende por felicidad el placer y la ausencia de dolor; por infelicidad, el dolor y la ausencia de placer.

El utilitarismo, Stuart Mill

Stuart Mill acepta, en cierto modo, la teoría de los placeres sostenida por los epicúreos; afirma que no se conoce ninguna teoría epicúrea de la vida que no asigne a los placeres del intelecto, de los sentimientos y de la imaginación, un valor mucho más alto, en cuanto placeres, que a los de la mera sensación.

La felicidad en que se cifra la concepción utilitarista en una conducta justa, no es la propia felicidad del que obra, sino la de todos.

Stuart Mill

Formalismo

Se conoce como ética formal y fue creada por el filósofo prusiano Immanuel Kant (1724-1804). La ética formal es una teoría que no se basa en el mundo de los hechos (la experiencia). Kant pretende superar toda suerte de éticas empíricas y eudemonistas (éticas de los resultados). Kant piensa que es necesario elaborar una filosofía moral pura, que esté enteramente limpia de todo cuanto pueda ser empírico; por lo tanto, el concepto de lo bueno debe residir en una ley moral a priori, es decir, universalmente válida y necesaria. El fundamento de la obligación no debe buscarse en la naturaleza del hombre (como hace el empirismo) o en las circunstancias del universo en que el hombre está puesto, sino a priori, exclusivamente en conceptos de la razón pura. La ética debe descansar enteramente sobre una base pura o a priori (ética de las intenciones).

Fundamentación de la metafísica de las costumbres

Ni en el mundo ni, en general, tampoco fuera del mundo es posible pensar nada que pueda considerarse como bueno sin restricción, a no ser tan sólo una buena voluntad”.”

Immanuel Kant

Según Kant la buena voluntad es buena en cuanto intención pura y no por los resultados o inclinaciones que ésta puede entrañar. Aunque la buena voluntad no pudiera realizarse en la experiencia, no por ello dejaría de ser valiosa y objetiva. Obrar con arreglo a la buena voluntad equivale a actuar conforme al deber y por el deber mismo; a hacer el bien, no por mera inclinación, sino por respeto al deber. En este sentido, por ejemplo, se debe procurar la felicidad, pero no por inclinación (como piensan los eudemonistas), sino por deber; sólo entonces tiene la conducta un verdadero valor moral.

Un ejemplo del propio Kant aclarará un poco más esta doctrina kantiana: un hombre desahuciado, enfermo, que haya perdido todo interés por la vida, tenderá, por inclinación, a pensar en el suicidio; sin embargo, la ley moral (obrar conforme a la buena voluntad) le obligará a respetar su vida, a pesar de que sus deseos o inclinaciones sean contrarios a este deber. En esto consiste obrar por deber y no por inclinación. Así, pues, la ética kantiana nos insta a acallar los deseos, apetitos e inclinaciones, para escuchar sólo el imperativo del deber, el cual es eminentemente racional.

Vitalismo

En general, el vitalismo es la tendencia filosófica que considera la vida como el principio fundamental del cosmos. También puede decirse que el vitalismo es la doctrina que toma la vida humana como objeto central de la filosofía. El vitalismo entraña una diversidad de corrientes, pero todas coinciden en afirmar que lo bueno radica en la vida y en todo aquello que la impulse y desarrolle.

La filosofía de Nietzsche constituye el más claro antecedente de la filosofía material de los valores. Al enfrentarse a la moral tradicional de su tiempo, propone una “transmutación de los valores”. Las virtudes más elevadas son ahora las que exaltan el valor de la vida y de la voluntad de dominio; es virtud toda pasión que diga sí a la vida y al mundo (de ahí su vitalismo): la fortaleza, la alegría y la salud, el amor sexual, la enemistad y la guerra, la veneración, las bellas actitudes, las buenas maneras, la voluntad fuerte, la disciplina de la intelectualidad superior, la voluntad de dominio, el reconocimiento de la tierra y de la vida, todo lo que es rico y quiere dar, quiere gratificar a la vida, donarla, eternizarla y divinizarla.

Nietzsche distingue entre una moral de señores y una moral de rebaño. La primera es la norma aceptada por la antigüedad clásica, especialmente en Roma (donde la virtud era virtus virilidad, valor, audacia, braveza); la segunda, en cambio, procede de los judíos; en ellos la sumisión engendra la humildad y el desamparo, el altruismo. La moral de rebaño alcanza su plenitud en la doctrina de Jesús; según él todos los hombres tienen igual valor y los mismos derechos; de su doctrina proceden la democracia, el utilitarismo y el socialismo; el progreso empezó a decidirse en términos de igualamiento y vulgarización progresivos, en términos de decadencia y vida descendente.

La ética de Nietzsche lleva hasta sus últimas consecuencias la teoría evolucionista de Darwin y Spencer, observa que la meta del esfuerzo humano no es la elevación de todos sino la cultura de los mejores y más fuertes (moral del superhombre). El superhombre está más allá del bien y del mal (más allá de ia moral común y corriente), lo bueno para él es todo lo que aumenta el sentimiento de potencia, la voluntad de potencia, el amor al peligro, la energía, la inteligencia y el orgullo.

Nietzsche ve plasmadas las virtudes del súperhombre en los héroes renacentistas. El Renacimiento fue la transmutación de los valores cristianos, la tentativa para lograr por todos los medios que todos los instintos y todos los genios hicieran triunfar los valores opuestos, los valores nobles…

Perfeccionismo

También podemos señalar como otro criterio estimativo o modo de valorar lo bueno, al llamado perfeccionismo. Se trata de una doctrina que considera que el fin ético de la vida es la perfección moral. Como representante de esta tendencia se menciona a Santo Tomás de Aquino (1225-1274) figura relevante de la filosofía escolástica. Santo Tomás, como se sabe, parte de la ética aristotélica, sólo que trata de adaptarla e interpretarla a la luz de la moralidad cristiana. Considera que los únicos actos del hombre que caen propiamente dentro del campo de la moral son los actos libres, o sea: aquellos que provienen del hombre concebido como un ser racional y libre. Esos actos humanos tienen su fuente en la voluntad, y el objeto de la voluntad es el bien. Pero el bien perfecto y sumo no debe buscarse en ninguna cosa creada, tangible o contingente (riquezas, placeres, honores, etc.) ni siquiera en la vida teorética y especulativa que para Aristóteles constituía el meollo de la felicidad, sino solamente en Dios, considerado como el Bien supremo e infinito. Así, de este modo, la felicidad perfecta del hombre consiste en la visión de Dios.

Problemas de la obligatoriedad moral

Una nota esencial de la moral es su carácter obligatorio, toda norma moral establece obligaciones. El problema de la obligatoriedad moral consiste, por un lado, en determinar de dónde proviene el carácter obligatorio de las normas morales; y, por otro, aclarar qué es la obligación moral, cuál es la fuente de la que brota la conciencia del deber, qué estamos obligados a hacer (contenido de lo obligatorio).

¿De dónde proviene la fuerza obligatoria de las normas morales? ¿La obligatoriedad viene de una voluntad extraña al hombre o, por el contrario, proviene de su propia voluntad? Dos son las corrientes que tratan de responder a esta interrogante:

Ética heterónoma

La heteronomía se establece, como dice Kant, cuando la voluntad es forzada conforme a la ley, por alguna otra cosa a obrar de cierto modo; en la heteronomía la ley no surge como expresión de la propia voluntad. En una moral de carácter heterónomo la obligación moral es impuesta desde fuera, ya sea por otros individuos o por tradiciones, costumbres y leyes ajenas o extrañas al individuo mismo.

Entre ejemplos de la ética heterónoma tenemos los siguientes:

  • Cuando la obligatoriedad proviene de la tradición y la sociedad. Aquí el individuo adopta un comportamiento irreflexivo, aceptando sin discusión los dictados de la sociedad, la costumbre o la moda, aunque éstos sean absurdos.
  • Cuando la obligatoriedad emana de la fuerza del Estado. Los filósofos que defienden la supremacía y glorificación del Estado por encima de los individuos, serían los que apoyarían este tipo de heteronomía. Por ejemplo, Maquiavelo, cuya doctrina estuvo encaminada hacia el fortalecimiento del Estado. Su libro El Príncipe es, en general, un tratado con el [m de proveer al gobernante de un arte que le permita establecer y mantener el poder, para evitar discordias intestinas, para prever y prevenir conspiraciones. Thomas Hobbes piensa que el hombre es malo por naturaleza (“el hombre es un lobo para el hombre”); para frenar la innata tendencia hacia el poder, propia del hombre, es necesario crear un Estado fuerte y despótico que mantenga a raya a los individuos y que impida, a toda costa, una guerra de todos contra todos.

Otro ejemplo de heteronomía es la que descansa en la religión. Según la ética religiosa la autoridad, la obligación, proviene de Dios, garante y juez supremo de todo orden moral. Sólo en Dios se encuentra el principio de la obligación moral. Cuando a Abraham se le aparece un ángel y le ordena sacrificar a su primogénito, éste tiene que obedecer sin poner en tela de juicio el mandato divino.

Ética autónoma

Afirma que la voluntad se determina a sí misma (auto- legislación); aquí la conducta se rige por una libre y propia decisión del agente moral (autos, uno mismo; nomos, ley). Según Kant, la autonomía de la voluntad es el principio supremo de la moral.

Un comportamiento autónomo es aquel que se rige por sí mismo con arreglo a una ley universal o imperativo categórico. En cambio, en un comportamiento heterónomo, la voluntad no se da a sí misma la ley, sino que es un impulso extraño el que le da la ley por medio de una naturaleza de sujeto, acorde con la receptividad del mismo. La autonomía no implica solamente obrar en concordancia con la buena voluntad, requiere, de un trasfondo de libertad que le permita al hombre elegir tanto un buen comportamiento como uno malo.

La ética autónoma es la expresión más acabada del hombre moderno. La historia de la ética muestra que de la justificación del hombre ante Dios, se pasó, gradualmente, a la justificación del hombre ante sí mismo. La ética kantiana expresa este ideal, en buena medida.

Teorías deontológicas (de deón, deber)

Afirman que la bondad o maldad de una acción no depende de las consecuencias sino de una primacía del concepto de deber. Entre sus representantes está W. D. Ross, A. C. Ewign y H. Prichard. Según las doctrinas deontológicas, es bueno cumplir una promesa porque cuando se ha hecho una promesa ha quedado uno obligado a cumplirla por la misma naturaleza de acto, sin tener en cuenta las inclinaciones ni las consecuencias.

En general el deontologismo admite la intuición a priori de las normas morales (intuicionismo). Según Prichard, exigir que se pruebe la verdad de las intuiciones morales básicas es algo tan carente de sentido como pedir demostraciones en el caso del conocimiento genuino. Cuando se goza de una intuición moral, no cabe ningún género de dudas acerca de lo intuido.

Por su parte, Ross afirma que se conocen las verdades de la ética tal como se conocen las de la matemática, si no mejor; uno sabe que hay que portarse bien; que hay que observar las promesas, a menos que una razón de peso exima de su observancia; que hay que interesarse por el bienestar ajeno antes que el propio; que hay que tratar de ser mejor.

La teoría deontológica se subdivide en dos corrientes:

Teorías deontológicas de la norma

Sostienen que lo que se debe hacer en cada caso depende de una norma objetiva, universalmente válida; en este caso está la ética de Kant, quien considera que el deber es la acción cumplida únicamente en vista de la ley y por respeto a ella. “Una acción cumplida por deber tiene su valor moral, no en la finalidad (como afirma la teoría teleológica de la obligación) que debe lograrse con ella, sino en la máxima que la determina; por lo tanto, su valor no depende de la realidad del objeto de la acción; sino únicamente del principio de la voluntad que ha determinado esta acción, sin referencia a ningún objeto de la facultad de desear.”

Teorías deontológicas del acto

Sostienen que, debido a lo concreto de cada situación, no puede hablarse de normas generales, por lo cual es necesario decidir por propia cuenta, ateniéndose a los sentimientos y convicciones, cómo debe uno obrar en cada caso. Un ejemplo de teoría deontológica del acto lo proporciona el existencialismo ateo de Sartre. Según Sartre, no hay normas universales que guíen al hombre. “Ninguna moral general puede indicar lo que hay que hacer; no hay signos en el mundo.”

Según Sartre, el hombre inventa al hombre. El hombre, sin ningún apoyo n i socorro, está condenado a cada instante a inventar al hombre. “Si los valores son vagos y si son siempre demasiado vastos para el caso preciso y concreto que consideramos, sólo nos queda fiamos de nuestros instintos.”

Teorías teleológicas

La segunda corriente de la obligación recibe el nombre de teoría teleológica (del griego telos, fin). Según estas teorías, la bondad o maldad de una acción depende únicamente del efecto o consecuencia que tenga, de ahí que también se les llame teorías consecuenciales.

El egoísmo y el utilitarismo son las principales expresiones de estas teorías. El egoísmo ético sostiene que debe buscarse siempre la propia ventaja o el propio bienestar, haciendo siempre aquello que uno cree que proporcionará el mayor bien posible; la satisfacción del ego es el único objetivo final de toda actividad.

Referencias

Escobar Valenzuela, G. (1992). Ética: Introducción a su problemática y su historia / Gustavo Escobar Valenzuela (4a. ed. 2000.). México: McGraw-Hill.

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