Introducción reconocimiento de palabras

¿Cuántas palabras conoce una persona? cualquier hablante comprende muchas más palabras de las que emplea. Se estima que una persona con una cultura media de bachillerato conoce, en su sentido más amplio, entre 40.000 y 80.000 palabras.

Miller y Gildea, (1987). Si un bachiller conoce 80.000 palabras y tiene 16-17 años, significa que a lo largo de su vida ha aprendido un promedio de 5.000 palabras anuales, es decir 13 diarias.

Normalmente la palabra se considera la unidad mínima de una lengua dotada de significado. Aunque en sentido estricto, es el morfema la unidad mínima con significado. Los morfemas pueden constituir palabras por sí mismos (p. ej., «flor») o ser apéndices de otras palabras (p. ej., la s de «perros», la 2ª a de «arquitecta»). Los primeros son los morfemas libres, mientras que los segundos se conocen como morfemas ligados. Estos últimos modifican el significado del resto de la palabra y pueden ir delante (prefijos) o detrás (sufijos) de la raíz o lexema. Lexema es el morfema o parte de la palabra que tiene significado autónomo e independiente.

Los morfemas derivativos crean, por derivación, nuevas palabras, ya que modifican sensiblemente al lexema y cambian por completo su significado dando origen a otra palabra distinta. P. ej., el prefijo descambia «burro» por «burrada», «justicia» por «injusticia», que tienen significados contrarios. Aquí los lingüistas hablan de palabras primitivas, que sirven de base y palabras derivadas que se han originado a partir de las primitivas. Los morfemas flexivos, por el contrario, no alteran el significado de la raíz o lexema. Permiten la flexión de las palabras al codificar el número, el género o el tiempo verbal. P. ej., «corrupta», «corruptas», «democrata», «democratas» no son palabras completamente diferentes con significados distintos.

Al evocar una palabra en nuestra mente, activamos un amplio conjunto de información. Por supuesto, activamos su significado, aunque éste puede variar notablemente en cuanto a su precisión. Además del significado, al evocar una palabra activamos información fonológica o el conjunto de sonidos que componen dicha palabra. También activamos información ortográfica, desde el momento en que sabemos escribirla; es decir, dibujar los grafemas o letras que la representan en el lenguaje escrito. Por otra parte, sabemos que «perra» es un nombre femenino singular, «blando» es un adjetivo, «dormir» es un verbo, etc. Asimismo, sabemos qué funciones puede desempeñar cada palabra dentro de la oración. Estas dos clases de información, morfológica y sintáctica, corresponden a un conocimiento implícito que uno tiene como hablante de una lengua, con independencia de que se haya estudiado o no en la escuela. Si se tienen conocimientos de gramática podrá hacerse explícito y ser capaz de nombrar que esto es del género masculino y aquello del número plural; pero, aunque jamás se haya pisado un colegio, se dispone de esa información morfosintáctica de modo implícito y puede manejarse apropiadamente todos los días, a todas horas, al hablar y oír lenguaje.

La activación de palabras en nuestra mente se produce no sólo en el uso del lenguaje hablado, sino también en el escrito, al leer y escribir. Las principales diferencias se derivarían de la naturaleza física del estímulo y sus consecuencias perceptivas, pero nada hace pensar que los procesos centrales de comprensión sean sustancialmente diferentes en ambas modalidades. La distinción más importante es que la señal del habla se distribuye en el tiempo y es evanescente, mientras que en la escritura se distribuye en el espacio y es permanente. Además, como se ha señalado al tratar la percepción del habla, el lenguaje oral es mucho más variable que el escrito y no presenta límites claros entre sus componentes.

Referencias

  • Cuetos Vega, González Álvarez, Vega, and Vega, Manuel De. Psicología Del Lenguaje. 2ª Edición. ed. Madrid: Editorial Médica Panamericana, 2020.

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