Modelo desarrollo psicosocial de Erikson

Erik Homburger Erikson (Frankfurt del Main, 1902 – Harwich, Massachusetts, 1994). Tras estudiar arte en su juventud, conoció a Anna Freud, por influencia de la cual se estableció en Viena y se vinculó al movimiento psicoanalítico. En 1933, tras el ascenso al poder del NSDAP, se refugia en Estados Unidos (era judío), donde estudió la influencia cultural en el desarrollo psicológico trabajando con niños de diversas reservas indias. Considerado como uno de los representantes de la tendencia culturalista del psicoanálisis, sus trabajos se refieren sobre todo a la infancia y a la adolescencia; dedicó además estudios al pensamiento reformista de Martín Lutero  y a las ideas sobre la no violencia de Gandhi.

Erik Homburger Erikson (1902-1994)

Erikson integró el psicoanálisis clínico y la antropología cultural matizando nuevos aspectos del desarrollo. Por un lado, enfatizó la influencia de factores psicosociales y socioculturales en el desarrollo del “Yo”, y, por otro, propuso el desarrollo de la identidad como sucesión de etapas diferenciadas entre las que existen períodos de transición (crisis evolutivas), conceptualizando ocho crisis psicosociales o etapas del desarrollo de la identidad hacia la síntesis del “Yo”.

Sus ideas han tenido gran influencia en innumerables trabajos sobre las etapas en la edad adulta. A día de hoy sus contribuciones a la psicología del desarrollo siguen vigentes

Teoría del desarrollo psicosocial

La teoría del desarrollo psicosocial de Erik Erikson (1902-1994). Su teoría se ocupa del pro­greso del Yo a lo largo de toda la vida y tiene en consideración aspectos sociales y culturales, por lo que se le considera uno de los pioneros de la perspectiva del desarrollo del ciclo vital. Para Erikson, el desarrollo psicosocial se produce a través de un continuo, a través de una serie de etapas que pueden situarse en edades aproximadas, que incluyen la tensión entre dimensiones positivas y negativas, y cuya característica esencial es la gestión de lo que el autor denominó crisis de personalidad. Dichas crisis supo­nen afrontar (y, deseablemente, superar) un reto psicosocial que tie­ne especial relevancia en esa etapa. No obstante, ese reto se encuen­tra presente a lo largo de toda la vida, aunque de manera menos relevante. El término crisis, se asocia en la literatura a Erikson y su modelo, pero lo cierto es que el autor posteriormente dejó de utilizarlo refiriéndose a tendencias en conflicto o en competición que re­sulta más descriptivo del hecho de que en cada etapa existe cierta polaridad (p. ej., alcanzar una identidad o permanecer en una confusión de roles).

El desarrollo saludable del Yo se basa en la superación de la cri­sis de desarrollo que se presenta en cada etapa, resolviendo de manera apropiada las tendencias en conflicto, la crisis, que le es propia. Cabe señalar que cuando la crisis se resuelve de forma positiva emerge una potencialidad o virtud que es específica de la fase. En este caso, el Yo sale fortalecido con esta nueva virtud. Aunque en un principio la teoría señalaba que la superación de la etapa suponía la desaparición de la dimensión negativa (siguiendo el ejemplo, la confusión de roles), en momentos posteriores el autor propuso que ambas dimensiones pueden estar presentes, aunque con predominio claro de una sobre otra.

Las crisis o conflictos a los que debe enfrentarse el individuo suelen provenir del entorno social que, a su vez, dota a los individuos de mecanismos para poder superar con éxito dicho conflicto. Los esta­dios son jerárquicos, ya que cada nuevo estadio supone superación del anterior. Además, han de entenderse desde un punto de vista de proceso y de cambio hacia una estructura de mayor diferenciación interna, complejidad, flexibilidad y estabilidad. El desarrollo de la personalidad, su cambio, no se lleva a cabo de forma aleatoria sino siguiendo una secuencia determinada.

Erikson estudió el desarrollo global de la persona, desde su nacimien­to hasta la muerte. En su teoría, establece ocho etapas o estadios que suponen la evolución del Yo (o la identidad) a lo largo del Ciclo Vital, de tal forma que se asegure un comportamiento eficaz de la persona en cada una de esas etapas. Cada uno de los estadios está formado por dos polos, polos generados por la sociedad en la que la persona víve: uno positivo y otro negativo. La persona deberá enfrentarse a estos polos eligiendo entre uno u otro guiado por esa misma sociedad que los ha forjado (Erikson, 1968). Por tanto, esta elección entre polos no es autónoma e individual, sino que depende de quienes rodean a la persona. Es decir, la sociedad provoca una crisis en el individuo en cada una de las etapas, y paralelamente, establece medios para superar esas crisis. En el caso de que la crisis sea resuelta, el Yo saldrá fortalecido e incorporará una nueva cualidad que implica mayor apertura a la sociedad. Cuando la crisis no es superada, irán quedan­do restos neuróticos en la personalidad y se dificultará la superación de las nuevas crisis, de forma que será más dificultoso incorporar nuevas cualidades al Yo de la persona. El paso de un estadio a otro sucede cuando se supera una crisis o dialéctica entre distintos polos.

Modelo de Desarrollo Psicosocial de Erik Erikson

Cada una de estas ocho crisis está provocada por un conflicto psicosocial determinado que se genera en las relaciones con otras per­sonas significativas. La resolución exitosa de estos conflictos se concreta en desarrollar cada uno de los siguientes logros psicosociales: con­fianza básica (frente a desconfianza; desde el nacimiento hasta, aproximadamente, los 18 meses); autonomía (frente a vergüenza y duda; desde los 18 meses hasta los 3 años, aproxi­madamente); iniciativa (frente a culpa; desde los 3 hasta los 5 años, aproximadamente); la­boriosidad (frente a inferioridad; desde los 5 hasta los 13 años, aproximadamente); bús­queda de identidad (frente a difusión de iden­tidad; desde los 13 hasta los 21 años, aproxi­madamente); intimidad (frente a aislamiento; de los 21 a los 40, aproximadamente); generatividad (frente a estancamiento; desde los 40 hasta los 60 años, aproximadamente); integri­dad (frente a desesperación; desde aproxima­damente los 60 años hasta la muerte).

Adolescencia

Por lo que se refiere específicamente a la adolescencia, los retos esenciales de esta etapa para Erikson se agrupan en torno a la adquisición de una identidad personal al finalizar esta etapa. Para Erikson, la identidad supone alcanzar una concepción coherente e integrada del Yo. Esta concep­ción es personal y está compuesta por valores, metas, creencias a los que el individuo debe acceder de forma consciente y autónoma y con la que ha comprometerse de la misma manera. Así mismo, esta concepción está influida por los valores sociales y culturales donde los individuos se desarrollan. Para Erikson, los cambios biológicos, psicológicos y sociales que ocurren durante la adolescencia tienen un gran impacto en el desarrollo de la personalidad, siendo un momento de especial relevancia. Una de las características esenciales de esta etapa son las nuevas capacidades de los adolescentes (cognitivas, biológicas, sociales) y los nuevos retos personales y sociales a los que se enfrenta. En defi­nitiva, se trata de una etapa en la que ha de afrontar una nueva ma­nera de entenderse a sí mismo y al mundo que lo rodea y generar una nueva manera de gestionar estos nuevos retos.

Durante esta etapa, el objetivo fundamental es resolver la crisis de identidad que se presenta en forma de dos posibles resultados: estancarse en la confusión de los diversos roles a los que debe en­frentarse en esta etapa o alcanzar una identidad integrada. Esta identidad supone, por una parte, que el adolescente asuma de forma consciente y autónoma compromisos personales y sociales y, por otra, la convivencia armónica de los diferentes roles en las distintas áreas psicosexuales y psicosociales propias de la adolescencia. Erikson propone que la intolerancia de los adolescentes ante ideas diferentes a las suyas, o la exclusión de los otros, son mecanis­mos de defensa frente a las emociones que produce la confusión de identidad, no tener todavía una identidad personal madura. Una de las nociones más interesantes del autor es la de morato­ria psicosocial. Este concepto se refiere al retraso en el compromi­so que es propio de la adolescencia. Se trata de un periodo de demo­ra o aplazamiento que la sociedad proporciona durante esta etapa en su exigencia para que asuma roles adultos, ya que se acepta que entre la infancia y la edad adulta, es necesario un tiempo para expe­rimentar y buscar una identidad integrada y coherente.

Adultez

Los años de la adultez corresponden a las etapas que él denominó: Intimidad frente a Aislamiento y Generatividad frente a Estancamiento. La tarea fun­damental de la persona joven consiste en ser capaz de comprometer­se con otra persona, establecer una relación de intimidad, cercanía estrecha y confianza en la otra persona, pero sin perder la propia identidad o sentido de quién soy yo en este mundo (que se había logrado en la etapa de la adolescencia). Quienes se estanquen en esta etapa lo harán en un sentimiento profundo de aislamiento social y verán en los otros una amenaza para el propio yo, que le impedirá la generatividad y la integración del yo propias de las etapas siguientes. Quienes superen esta crisis adquirirán la capacidad de amar.

Vejez

Corresponde a la vejez la dicotomía Integridad del yo frente a Desesperación. La persona que se acerca al final de su vida puede hacer una evaluación global de la misma en la que su trayectoria vital cobra sentido. Puede lograr estar orgullosa de los aciertos y aceptar los fracasos. Todas las personas cometemos errores y equivocaciones, pero quien logra aceptarlos junto a sus éxitos vitales, logrará la sabiduría. Por el contrario, a la persona que cae en la desesperación le gustarla dar marcha atrás y tomar decisiones diferentes a las que en su día tomó, se siente apesadumbrada y desilusionada con su propia vida. Tampoco sería sabio el anciano o anciana que no recuerda errores, sino que esta actitud sería definitoria de una persona neurótica (Erikson, 1979). En caso de ausencia de integración, la desesperanza no deja de ser una forma de intentar negar la inevitabilidad de la muerte. El modelo teórico de desarrollo del yo propuesto por Erikson permite entender que personas cercanas al final de su vida, algunas con importantes achaques, sean al mismo tiempo felices. Este hecho se ha denominado la paradoja del envejecimiento.

Resumen

Erikson no desarrolla su modelo en el marco de las sociedades del bienestar, tal y como se entiende en la actualidad, no obstante, queda perfectamente integrado en este enfoque, ya que en su modelo se identifican las motiva­ciones sociales básicas sobre las que se cons­truye el bienestar. De este modo, y desde la perspectiva del bienestar, el modelo podría en­ tenderse como un proceso de cambios adaptativos, construidos socialmente mediante las relaciones sociales, que llevan a la persona a satisfacer, entre otras, las necesidades de vin­culación, autonomía, autoestima, control o competencia, identidad y la necesidad de tener una existencia significativa. Se llama la aten­ción sobre la importancia que en este modelo tienen las relaciones sociales para responder a las motivaciones sociales básicas. Respecto a la segunda parte de la vida de las personas, la generatividad y la integridad del ego ponen en juego las diversas motiva­ciones sociales, presentes en los períodos pre­ cedentes de la vida, pero añaden, respecto a la primera parte, la importancia que adquiere en este momento la necesidad de trascenderse a sí mismas y de aceptar su propia muerte.

A modo de integración, puede sintetizarse la secuencia de avances psicosociales que se logran en el transcurso de la vida, las funciones sociales y personales que cumplen, y el tipo de vínculos sociales que posibilitan este desarrollo vital. Las crisis del niño se articulan en el progresivo desarrollo de un sentido del yo seguro y sano. El desarrollo de la identidad, que se inicia en la adolescencia, permite, posteriormente, establecer relaciones íntimas y significativas con otros. Finalizado este período, las personas son capaces de trascender y dar un sentido más amplio al yo, a la propia productividad y al propio lugar en la sociedad. Se incorpora el desarrollo de los demás en nuestro propio desarrollo mediante una (pre)ocupación por los demás, por la familia, la comunidad y por el futuro sin uno mismo. Finalmente, el buen desarrollo psicosocial de este período permitirá, en el siguiente estadio, un nuevo análisis de uno mismo en la sociedad que lleve a la aceptación de la propia vida pa­sada y presente, y que posibilite la aceptación de la propia muerte (Belsky, 2001; p. 41).

Referencias

  • Arias Orduña, A. (2016). Psicología social aplicada (1a ed., reimp. ed.). Madrid: Editorial Médica Panamericana.
  • García Madruga, Delval, & Delval, Juan. (2019). Psicologia del desarrollo I (2ª ed. rev. ed., Grado (UNED); 6201201). Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia.
  • https://www.biografiasyvidas.com/biografia/e/erikson.htm

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