PERSPECTIVA EN EL ESTUDIO DE LA TEORÍA DE LA MENTE

Antecedentes históricos de la Teoría de la mente

Premack y Woodruff (1978). Tratan de averiguar (expresa y directamente) si los chimpancés también desarrollan, como los humanos, una «teoría de la mente». Estos autores llegan a la sorprendente conclusión de que, en efecto, los chimpancés, ya poseen cierta comprensión rudimentaria de estados mentales, como los de conocimiento y de creencia.
Baron-Cohen, 1995, 2000; Frith, 2000. Los niños autistas, a diferencia de los niños normales, no desarrollan juego simbólico ni parecen ser capaces de inferir o atribuir estados mentales (ToM).
Quintanilla y Sarriá (2003). Hasta los seis años el pensamiento «se confunde» con una voz.
Brüne (2005). La carenciua de la ToM se ha identificado en algunas psicopatologías graves como la esquizofrenia.

Piaget supone que el paso de un pensamiento «egocéntrico» a un pensamiento más «socializado» surgiría con las «operaciones concretas» hacia los 7 años. El «egocentrismo» piagetiano supone que el niño está dominado por las apariencias externas y atrapado en su propia experiencia subjetiva sobre las mismas; de manera que no es capaz de situarse en la perspectiva cognitiva de los demás, ni siquiera de adoptar en el plano perceptivo el punto de vista del otro, como se ponía de manifiesto en la clásica «tarea de las tres montañas».

ToM
Tarea de las tres montañas.
Prueba piagetiana que sirve para comprobar si el niño es capaz de «coordinar las perspectivas» espaciales correspondientes a otros «puntos de vista» diferentes del suyo. Esta prueba puede considerarse precursora de las que posteriormente se han utilizado para estudiar la ToM. El niño se sienta al frente de una mesa, en la cual hay tres montañas. Cada una de las montañas es diferente, una tiene nieve, otra tiene una choza en la cima y la ultima una cruz roja encima. Al niño se le permitió caminar alrededor del modelo, mirarlo y luego se sienta a un lado. A continuación, se coloca una muñeca en varias posiciones de la mesa, se muestra al niño 10 fotografías de las montañas tomadas desde diferentes posiciones y se les pide que indique cuál muestra la perspectiva de las muñecas. Piaget asumió que si el niño seleccionaba correctamente la tarjeta que mostraba la vista de la muñeca, no era egocéntrico. Mientras que sería egocentrismo si seleccionaba la tarjeta que correspondía a la perspectiva del propio niño. (Piaget e Inhelder, 1947).
Tomado de: (actualidadenpsicologia.com)

Los estudios modernos sobre la «teoría de la mente», e incluso está denominación, no se han originado en el ámbito de la Psicología Evolutiva, sino más bien en un estudio etológico o de Psicología Comparada. El estudio de Premack y Woodruff (1978) en el que trataban de averiguar si los chimpancés también desarrollan, como los humanos, una «teoría de la mente». Estos autores llegan a la conclusión de que los chimpancés poseen cierta comprensión rudimentaria de estados mentales, como los de conocimiento y de creencia.

Desde la perspectiva evolucionista de la inteligencia se ha relacionado con aspectos esenciales como las capacidades generales de representación, la comunicación simbólica, o el desarrollo
de habilidades metacognitivas, pero, quizá el dato de mayor interés, a este respecto, se encuentra en el hecho de que esta «teoría de la mente» no sólo se desarrolla muy pronto, sino que su carencia se ha identificado en algunas psicopatologías graves como la esquizofrenia y particularmente como un déficit característico y específico del síndrome autista: los niños autistas, a diferencia de los niños normales, no desarrollan juego simbólico ni parecen ser capaces de inferir o atribuir estados mentales.

La perspectiva evolucionista de la inteligencia social

Trivers (1971). Dentro del juego de mutua dependencia en el que nos desenvolvemos, parece importante saber reconocer a las personas colaboradoras, frente a las egoístas o dispuestas a emplear la astucia y el engaño en función de los propios intereses.
Rivière (1991). El hombre no sólo tiene una mente, sino que también «sabe que la tiene» y que la tienen «igualmente» los demás.
Rivière (1991). Estamos, en definitiva, ante una habilidad (ToM) que lejos de ser «conductista», es «mentalista», por cuanto nos permite explicar y predecir la conducta en referencia a conceptos mentales.
Bogdam (2000). No es extraño que la capacidad para formar una ToM se haya interpretado como una de las principales manifestaciones de una inteligencia o cognición social, contemplándose, incluso, dentro de la raíz filogenética de lo más específicamente humano.
Nicholas Humphrey (1986); Malle (2001). Defienden la idea de que el cerebro y la inteligencia humana han evolucionado primeramente y sobre todo para adaptarse a la creciente complejidad del medio social y responder a sus presiones.
Fehr y Fischbacher (2004). La propia conciencia (la capacidad de autoconciencia), junto a la capacidad para formular y utilizar una «teoría de la mente », serían las principales herramientas para adaptarse a la creciente complejidad del medio social y responder a sus presiones.
Gómez (2004). Aunque sigue siendo tema de debate, se entiende bien el valor adaptativo que se otorga a la ToM y la «presión selectiva» que ha podido producirse sobre la inteligencia para adoptar esta forma de atribuciones (internas e intencionales) como base de explicación y predicción de la conducta.
Hauser, 1999; Povinelli y Vonk (2004). Muchos comportamientos pueden explicarse de manera consistente mediante simples reglas conductuales, relativas a asociaciones directas entre los acontecimientos externos y observables (estímulos y respuestas), sin necesidad de apelar a la intervención de procesos internos e inobservables, así, es posible que la gente abra los cajones simplemente porque son la última asociación que tiene con las gafas o las llaves.

Los humanos, como especie, vivimos en grupos sociales complejos en los que las posibilidades de éxito y de desarrollo personal dependen en gran parte de nuestra comprensión de las dinámicas sociales y la habilidad para ajustar nuestra propia conducta en función de la conducta previsible de los demás. En particular, dentro del juego de mutua dependencia en el que nos desenvolvemos, parece importante saber reconocer a las personas colaboradoras, frente a las egoístas o dispuestas a emplear la astucia y el engaño en función de los propios intereses.

En este sentido, y dadas sus ventajas, no es extraño que la capacidad para formar una ToM se haya interpretado como una de las principales manifestaciones de una inteligencia o cognición social, contemplándose, incluso, dentro de la raíz filogenética de lo más específicamente humano. Algunos autores han llegado a defender la idea de que el cerebro y la inteligencia humana han evolucionado primeramente y sobre todo para adaptarse a la creciente complejidad del medio social y responder a sus presiones. La propia conciencia (la capacidad de autoconciencia), junto a la capacidad para formular y utilizar unaToM, serían las principales herramientas de esta adaptación.

La ToM, es lo que la gente realiza en su vida cotidiana de forma espontánea (como una suerte de «psicólogos naturales»), asumiendo que la conducta es sobre todo una consecuencia de la mente. Cuando observamos a los otros no los vemos simplemente como parte de una sucesión de acontecimientos externos e incidentales, sino que directamente captamos una estructura causal profunda de estados internos (planes, emociones, recuerdos, decisiones, pensamientos, expectativas, creencias, motivos, etc.) atribuidos de forma espontánea. Estamos, en definitiva, ante una habilidad que lejos de ser «conductista», es «mentalista», por cuanto nos permite explicar y predecir la conducta en referencia a conceptos mentales.

Referencias

  • García Madruga, Delval, & Delval, Juan. (2019). Psicologia del desarrollo I (2ª ed. rev. ed., Grado (UNED); 6201201). Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia.

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