Teoría de la acción planificada

La teoría de la acción planificada(TCP), elaborada por los mismos autores que la teoría de la acción razonada, añadió un nuevo factor al modelo propuesto inicialmente, el control conductual percibido, que se refiere a la percepción que la persona tiene de lo fácil o difícil que le resultará realizar el comportamiento (Ajzen, 1991; Ajzen y Fishbein, 2000, 2005). Este nuevo componente contribuye significativamente a explicar la conducta de dos formas:

  1. Indirectamente, a través de la influencia que tiene sobre la intención de conducta, ya que si parece muy difícil llevar a cabo un determinado comportamiento ni siquiera se intentará.
  2. Directamente, ya que, a igualdad de intención, el esfuerzo que estemos dispuestos a emplear para realizar una conducta va a ser mayor si creemos que tenemos la capacidad para llevarla a cabo. Por otra parte, a menudo la medida del control conductual percibido es también una medida del control real que la persona tiene sobre la conducta, lo que afectaría, por lo tanto, a su capacidad para ejecutarla.

Una vez que se han formado, las actitudes, la norma subjetiva, la percepción de control y la intención pueden ser muy accesibles y rápidamente disponibles para guiar la realización de la conducta. Es decir, no es necesario que la persona revise sus creencias actitudinales, normativas o de control para que estos componentes se activen (Ajzen y Fishbein, 2005). Por ejemplo, una actitud previamente formada sobre el uso de medios fraudulentos puede ser activada rápidamente en el futuro sin que sea necesario que la persona repase las ventajas e inconvenientes de utilizar medios fraudulentos.

Teoría de la acción planificada. Adaptación de Ajzen (1991).

Los tres componentes (actitudes hacia la conducta, norma social subjetiva y control conductual percibido) están relacionados entre sí. La intervención para modificar cualquiera de los tres componentes puede ser útil para cambiar las intenciones de conducta, como se ha puesto de manifiesto en numerosas investigaciones que han demostrado la potencia de este modelo para explicar comportamientos muy diferentes: prevención de la enfermedad (Albarracín, Johnson, Fishbein y Mueller- leile, 2001 ), voto político (Fishbein, Thomas y Jaccard, 1976), uso del tiempo libre (Ajzen y Driver, 1992), uso de transporte (Bamberg, Ajzen y Schmidt, 2003) o atención a los hijos (Manstead, Proffit y Smart, 1983).

La actitud hacia una conducta se refiere a la evaluación que la persona hace de esa forma de actuar. El hecho de que esa actitud sea o no favorable depende de las creencias relevantes sobre la conducta en cuestión y sobre las consecuencias de realizarla. Cada una de esas consecuencias asociadas con la conducta puede ser valorada positiva o negativamente. Por tanto, en esta teoría se tienen en cuenta, por un lado, las creencias y expectativas que caracterizan a la conducta y, por el otro, la va­ loración que la persona hace de esas características. Se trata de un modelo de los denomi­nados de expectativa-valor, en el cual la variable actitud se puede formular matemáticamente, mediante la siguiente fórmula:

Actitud = ∑Ci Vi

En esta ecuación, (C) mediría la fuerza con que una persona mantiene una creencia relacionada con la conducta. Por ejemplo, una ca­racterística positiva del uso de medios fraudulentos en un examen puede ser conseguir una MH y otra negativa, el hecho de que el uso de medios fraudulentos es una forma de corrupción. Evidentemente, no todas las personas sostendrán esas creencias con la misma fuerza. Además, en esta fórmula se considera la valo­ración subjetiva (V) que cada persona hace de las consecuencias de la conducta. Para algunas personas, la posibilidad de conseguir una calificación excelente sería valorada como un elemento prioritario mientras que para otras esa característica no tendría tanto valor como la honradez. La intensidad con que una persona sostiene las creencias, así como el valor que esas características tienen para ella (positivo o negativo) se puede medir mediante escalas.

La norma subjetiva, otro de los elementos del modelo, capta la percepción que la persona tiene de la opinión de otros que son importantes para ella respecto al hecho de si debería realizar esa conducta o no. Se trata de una percepción subjetiva (no tiene por qué ser la opinión real) que sirve como guía normativa sobre cómo se debe actuar.

En cuanto al control percibido, este com­ponente hace hincapié en la importancia que tiene en la intención de conducta la percepción de la persona sobre lo fácil o difícil que le resultará realizar el comportamiento.

Teoría de la acción planificada respecto a la conducción

La teoría de la conducta planificada (TCP) amplía la teoría de la acción razonada (TAR) al agregar el componente de control percibido, referido a los recursos de que se dispone para realizar la acción y sus efectos facilitadores e inhibidores. Así, la TCP intenta predecir tanto conductas voluntarias, que podían explicarse desde la TAR, como aquellas que no están bajo el completo control de uno mismo (Ajzen, 1988).

Se ha propuesto que el control percibido sobre la conducta es un elemento central para predecir si finalmente se realizará. Esta variable ha mostrado tener efectos indirectos sobre la conducta mediante la intención de conducta. Sin embargo, su efecto directo es menor, es de­cir, parece que el control percibido influye en la conducta futura mediante su planificación. En general, se ha encontrado que la inclusión de la percepción de control agrega mayor capacidad explicativa al modelo (Chaiken y Stangor, 1987; Tesser y Shaffer, 1990). Ajzen (1991), tras revisar diferentes estudios, encontró relaciones entre la conducta, las intenciones y el control percibido. La predicción del com­portamiento se incrementó al incluir el control percibido en la mayoría de los estudios (Netemeyer y Burton, 1990; Beale y Manstead, 1991).

Respecto a la conducta planificada y la intención de infringir las normas de circulación, Moyano (1999) indicó que las variables del modelo estaban entre moderada y escasa­mente correlacionadas entre sí. La más alta corresponde a la relación entre la actitud hacia la conducta y la intención de conducta, y la más baja a la asociación entre la norma social subjetiva y el control percibido.

Teoría de la conducta planificada aplicada a la intención de comportarse de modo transgresor.

Aun siendo muy útil la investigación sobre actitudes, esta no agota las posibilidades de predicción y explicación del comportamiento en carretera, ámbito en el cual se cuestiona el modelo de individuo racional. Así, como se­ ñalan Caballero, Carrera, Sánchez, Muñoz y Blanco, 2003; y Carrera, Caballero, Sánchez y Blanco, 2005, existen otros predictores de la intención de conducta, como son las emociones, que pueden explicar el comportamiento de los conductores.

Teoría de la acción planificada respecto alcomportamiento de salud

Las actitudes se definen por las creencias o expectativa en cuanto a los resultados de la acción y la evaluación o valor que se le otorga a cada una de las consecuencias esperadas. Vamos a seguir un ejemplo sencillo, como el seguimiento de una dieta baja en grasas por diabetes u obesidad. Para que una persona siga una dieta, es necesario que perciba que va a tener consecuencias positivas y reales (p. ej., sentirse mejor, adelgazar o conseguir un descenso de la presión arterial), así como es necesario que se dé cuenta de que, si sigue llevando una dieta insana, podrá tener resul­tados indeseables (p. ej., engordar o tener un problema vascular). Además, también influye la norma subjetiva, que se deriva de la creencia de que personas allegadas y referentes pien­ san que debe seguir la dieta y de la motivación o disposición que tenga la persona para hacer lo que ellos esperan. Por último, se añade el control conductual percibido, considerado como la facilidad o dificultad que tiene la persona para llevar una dieta baja en grasas. La in­ tención, entendida como la motivación requerida para ejecutar una conducta en particular (Armitage y Conner, 2000, p. 177) en este caso, para seguir la dieta baja en grasas, deriva de la importancia relativa de las actitudes y de la norma subjetiva. Obviamente, cuanto más se tengan en consideración estos dos as­ pectos, mayor será su influencia sobre la intención y, teóricamente, sobre el comporta­miento.


Modelo de la acción razonada y planificada. Adaptado de Rutter y Quiner (2002).

La acción planificada mejora la predicción de la intención. Sin embargo, el problema es la relación entre la intención y la conducta. Por ejemplo, se ha encontrado que la actitud, la norma subjetiva y el control conductual percibido dan cuenta de una media del 41% y del 48% de la varianza en la intención de consumir alcohol y tabaco, respectivamente, mientras que la intención lo hace del 28% y del 10% del consumo de estos productos (McMillan y Conner, 2003). Además, esta teoría hace aportaciones relevantes para la intervención. La norma subjetiva de los grupos de referencia es importante en la educación para la salud, en la promoción de la salud y la prevención de la enfermedad. Se puede utilizar como un elemento muy útil de influencia, como mostraron Ajzen y Fishbein (1980). Una de las maneras de emplearla y, además, muy sencilla es destacando la norma del grupo. Por ejemplo, utilizar la actitud en contra del consumo de bebidas alcohólicas de una mayoría de estudiantes residentes en colegios mayores (Chan, Neigh- bors, Gibson, Laurier y Marlatt, 2007) o introducir a los líderes naturales de los grupos en los cuales se quiere intervenir para llevar a cabo programas de educación. También es de gran utilidad manejar la percepción de control conductual sobre el comportamiento de salud que se debe establecer, por ejemplo, mostrando per­ sonas que han sido capaces de dejar de consu­ mir alcohol y la manera en que se puede lograr. Como señala Taylor (2010), esta teoría, además de un modelo, actúa como un heurístico metodológico en el cual la cognición y la conducta pueden ser objetivos de la intervención. Esta teoría es uno de los enfoques formales más fructíferos en esta área de aplicación. Se han llevado a cabo estudios especialmente adapta­ dos a comportamientos relacionados con el consumo de alcohol y tabaco (Conner, Sandberg McMillan y Higgins, 2006; Norman y Con­ ner, 2007), la actividad física (Baker, Little y Brownell, 2003; Wing Kwan, Rusell Bray y Mar­ tin Ginis, 2009) o la búsqueda de ayuda sanita­ ria, la autoexploración y asistencia a revisiones médicas, entre otros comportamientos.

Referencias

  • Arias Orduña, A. (2016). Psicología social aplicada (1a ed., reimp. ed.). Madrid: Editorial Médica Panamericana.
  • Gaviria, Cuadrado Guirado, López Sáez y Gaviria, Elena. (2019). Introducción a la psicología social (3ª ed.). Madrid: Sanz y Torres: Universidad Nacional de Educación a Distancia.

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