Teoría de la acción razonada

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La teoría de la acción razonada (TAR) y su ampliación posterior en la teoría de la acción planificada fueron diseñadas para explicar y predecir el comportamiento humano en contextos específicos, y es aplicable a conductas deliberadas (Ajzen, 1991 ; Fishbein y Ajzen, 1975). En esta perspectiva teórica, un elemento central es la intención que tiene la persona de realizar la conducta. Desde este modelo, se asume que la mayoría de los comportamientos están bajo el control del propio sujeto y que, por lo tanto, el principal determinante de la conducta va a ser que la persona tenga intención, o no, de realizar ese comportamiento. Esa motivación consciente de actuar, la intención, se considera que es el principal factor psicológico que hay que predecir, ya que la ejecución de la conducta concreta no siempre está bajo el control de la persona y puede que no consiga realizarla a pesar de su intención. En la formulación inicial de Fishbein y Ajzen (1975), conocida como la teoría de la acción razonada, se postula que la intención de conducta está determinada por dos factores independientes: uno personal (la actitud hacia la conducta) y uno que refleja la influencia del contexto social sobre el individuo (la norma subjetiva).

La actitud hacia la conducta

La actitud hacia la conducta se refiere al grado en que la persona evalúa favorablemente o no realizar esa conducta concreta. Esa actitud depende de las creencias relevantes sobre la conducta en cuestión y sobre las consecuencias de realizarla. Cada una de esas consecuencias asociadas a la conducta pueden ser valoradas positiva o negativamente. De ese modo, la actitud hacia un comportamiento será favorable si es asociado con consecuencias o atributos deseables, y será desfavorable si, al contrario, se asocia mayoritariamente con consecuencias desagradables. Se trata, por tanto, de un modelo de los denominados de «expectativa-valor», ya que tiene en cuenta, por un lado, distintas creencias o expectativas relacionadas con la conducta y, por otro, la valoración que cada persona hace de las consecuencias de realizarla. Esa valoración subjetiva de los resultados incide directamente en la actitud, ya que se combina de forma multiplicativa con la fuerza de las creencias. Se puede formular matemáticamente como sigue:

ci vi = A

Donde c es la fuerza de cada creencia sobre las consecuencias de realizar la conducta y v es la valoración de esas consecuencias. La actitud hacia la conducta (A) sería la suma del producto de las n creencias por la evaluación que la persona hace de las consecuencias. Según este modelo, se puede calcular matemáticamente la actitud hacia la conducta pidiendo a las personas que se posicionen numéricamente en relación con la fuerza con la que sostienen las creencias sobre las consecuencias ele esa conducta y con la valoración de esas consecuencias. P. ej., supongamos que para conocer la actitud de una persona hacia la elección de una determinada carrera, como Psicología, se le ha pedido que responda en un cuestionario a una serie ele creencias y expectativas, obteniéndose la puntuación que figura entre paréntesis: probabilidad de ayudar a las personas (8), probabilidad de empleo (3) y probabilidad de ganar dinero (4). A su vez, esa persona evalúa la importancia que para ella tiene ayudar a otras personas (7), encontrar empleo (6) y ganar dinero (5). Según la fórmula, con estos elatos la actitud sería: (8 x 7) + (3 x 6) + (4 x 5) =94.

La norma social subjetiva

La norma social subjetiva es el otro determinante de la intención de realizar una conducta. Depende, a su vez, de dos factores:

  1. Las creencias sobre lo que piensan determinados individuos (personas importantes para el sujeto, sus referentes) respecto a si la persona debe realizar o no la conducta.
  2. La motivación de la persona para acatar esa opinión.

Se llama norma subjetiva porque es la percepción que el individuo tiene de la opinión de los otros; no tiene por qué ser la opinión real. Estos dos factores también se combinan de forma multiplicativa para determinar la magnitud de la norma subjetiva (NS). Cada creencia normativa (cn) sobre un referente se multiplica por la motivación (m) de la persona para complacer al referente en cuestión, obteniéndose mediante la suma de los productos de los n referentes el valor de la norma subjetiva. Por ejemplo, si una persona percibe que su padre tiene mucho interés en que elija una carrera (evaluado numéricamente lo estimaría en 7), y esa persona tiene una alta motivación para complacer a su padre (evaluada en 8), en relación con este referente, cn x m valdría 56. Como se refleja en la siguiente fórmula, la suma de creencias normativas por motivación de complacer, en el conjunto de referentes de esa persona (por ejemplo, su pareja, su madre, amigos, etc.) nos daría el cómputo de la norma subjetiva.

cni mi = NS

Teoría de la acción razonada respecto a la conducción

La teoría de la acción razonada (TAR) propone que el comportamiento está influido por la intención, la actitud hacia la conducta y la norma social subjetiva. Además, se indica que la intención de conducta es el mejor predictor de la conducta futura. Como puede apreciarse en la figura, en la intención de conducta influyen la actitud y la norma subjetiva.

Teoría de la acción razonada (Fishbein y Ajzen, 1975; Ajzen y Fishbein, 1980)

Las actitudes serían las creencias que la persona posee acerca del hecho de que la conducta lleva a ciertos resultados, así como las evaluaciones que hace de la propia conducta y de estos resultados, es decir, una reflexión sobre las consecuencias. En relación con este tema, serían las creencias sobre las consecuencias de conducir de una forma de­terminada y la valoración que hace el conduc­tor de dicha conducta y sus consecuencias. De esta forma, la actitud se puede medir con estas cuestiones: a) indique el grado de acuerdo o desacuerdo con la siguiente afirmación: respe­tar las normas de circulación me permitirá tener menos accidentes, y b) valore hasta qué punto es importante para usted o no respetar las nor­mas de circulación o valore hasta qué punto es importante para usted evitar accidentes.

Por su parte, cabe afirmar que la norma so­cial subjetiva está determinada por las creencias normativas, es decir, por lo que opinan otras personas significativas para el individuo sobre esa conducta al volante y su propia mo­tivación para acomodarse a dichos referentes. En general, se presupone que la persona, cuando conduce, tomará decisiones en función de cómo valora los resultados de su compor­ tamiento y de las expectativas que tiene sobre ese comportamiento respecto al hecho de lo­grar dichos resultados. Así, las actitudes de los noveles se diferencian de las de los conductores con años de experiencia al volante. Además de este componente de carácter racional ins­trumental, la teoría integra un indicador nor­mativo mediante una medida de la opinión favorable/desfavorable de los otros significati­vos ante la conducta específica y sobre la mo­tivación para seguir esta opinión (Boyd y Wandersman, 1991). En este sentido, debe tenerse en cuenta la influencia que ejercen en los con­ductores jóvenes sus iguales y cómo esta re­percute en su conducción.

Diversos metaanálisis han constatado la va­lidez de esta teoría (Sheppard, Hartwick y Warshaw, 1988; Van den Putte, 1991; Albarracín, Johnson, Fishbein y Muellerleile, 2001). Estas revisiones encontraron relaciones esta­dísticamente significativas entre la intención de conducta y la conducta real, y entre la actitud y la norma subjetiva con la intención de conducta. Además, Van den Putte (1991) in­formó del hecho de que la relación entre intención y actitud era más significativa que la asociación entre intención y norma sub­jetiva. Por último, diversos estudios han encon­trado que las actitudes y la norma social subjetiva explican, aproximadamente, entre el 30 y el 40% de la varianza de la intención de conducta y entre el 25 y el 35% de la varianza de la conducta real (Sheppard, Hartwick y Warshaw, 1988; Boyd y Wandersman, 1991).

La teoría de la acción razonada ha sido ob­jeto de críticas, fundamentalmente por no te­ner en cuenta los aspectos que influyen en la relación entre la actitud y la conducta, los fac­tores del contexto, ni el tiempo que transcurre entre la expresión de la creencia y el compor­ tamiento. Parece que la creencia predice mejor la conducta, según disminuye el tiempo trans­currido entre la expresión de la creencia y el comportamiento consecuente (Salovey, Roth­man y Rodin, 1998).

Referencias

  • Arias Orduña, A. (2016). Psicología social aplicada (1a ed., reimp. ed.). Madrid: Editorial Médica Panamericana.
  • Gaviria, Cuadrado Guirado, López Sáez y Gaviria, Elena. (2019). Introducción a la psicología social (3ª ed.). Madrid: Sanz y Torres: Universidad Nacional de Educación a Distancia.

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