Psicobiología de las emociones

Valora esta publicación
[Total: 0 Promedio: 0]

La diferenciación entre los componentes corporales y los componentes vivenciales permite discriminar entre emociónes y sentimientos. De modo que se utiliza el término emoción para describir el estado corporal y el término sentimiento para hacer referencia a la sensación y vivencia consciente y subjetiva que produce cada emoción en cada organismo. El marco interpretativo que ofrece actualmente la teoría de la evolución proporciona una forma de aproximación a la comprensión de la función de las emociones y de los sentimientos, ya que proporcionan al organismo la capacidad de responder rápidamente a situaciones potencialmente peligrosas para la supervivencia de la especie, ya sea porque constituyen una amenaza o porque permiten una mayor cohesión en la especie, cuestión que también es básica para la supervivencia. Ekman planteó en un primer momento que existían seis emociones básicas y universales, es decir, que todos los miembros de los diferentes grupos culturales son capaces de reconocer en individuos tanto de su cultura como en los individuos de otras culturas. Aunque, recientemente, algunos autores han propuesto 4 emociones básicas en vez de seis atendiendo a los músculos que intervienen en la expresión de las mismas.
Con respecto a la especificidad de la activación emocional, parece que los datos experimentales actuales apuntan a la idea de que esta activación no es ni totalmente específica ni totalmente inespecífica. Aunque sí existen datos experimentales que ponen de manifiesto la implicación de diferentes estructuras en la activación de las distintas emociones.

Los primeros estudios sobre la psicobiología de la emoción se centraron en la expresión de la misma y en su valor comunicativo.

Como primera aproximación sistemática al estudio de las emociones dentro del marco interpretativo de la Teoría de la Evolución se encuentran los trabajos de Darwin que intentó describir las principales expresiones emocionales tanto de los seres humanos como de algunos animales vertebrados con el fin de explicar el origen y el desarrollo de las mismas. Darwin (1872) resume con un buen ejemplo la función comunicativa de las emociones utilizando las manifestaciones de amenaza. Los atacantes que podían manifestar su agresividad de forma más efectiva y así intimidar a sus contrincantes sin iniciar una lucha real podrían haber adquirido una ventaja en la supervivencia a la vez que estas manifestaciones o expresiones emocionales se fueron convirtiendo en un modo de comunicar las intenciones. Del mismo modo pudieron evolucionar las manifestaciones de sumisión y de otros estados anímicos o intenciones comportamentales. Las primeras teorías Fisiológicas fueron la de James-Lange y la de Cannon-Bard. La primera, formula la hipótesis de que las emociones son las respuestas cognitivas a la información que la corteza cerebral percibe de los cambios fisiológicos que tienen lugar en el cuerpo, de modo que la experiencia cognitiva de la emoción, o sea los sentimientos, serían secundarios a la expresión fisiológica de la emoción.

Por su parte, la Teoría de Cannon–Bard hipotetiza que la experiencia emocional puede tener lugar de manera independiente a la expresión emocional y que las emociones se pueden experimentar aunque no se sientan los cambios fisiológicos asociados a ellas. En síntesis, puede decirse que mientras que para James y Lange la experiencia emocional depende totalmente de la retroalimentación del sistema neurovegetativo, para Cannon y Bard, la experiencia emocional es independiente de esta retroalimentación.
La Hipótesis de la retroalimentación facial de las emociones y los resultados de la relajación consciente ponen de manifiesto que la decisión consciente de tener una actitud determinada hacia lo que le acontece a la persona, puede modificar el modo en el que reacciona todo el organismo y, por lo tanto, la sensación que tengamos de nosotros mismos y nuestro entorno. Las primeras aportaciones neuroanatómicas fueron claves para entender la importancia del hipotálamo en la expresión emocional. Los experimentos de Kluver-Bucy pusieron de manifiesto que sólo la información periférica no es suficiente para que se produzca una respuesta emocional integrada. Por último, el descubrimiento del sistema límbico planteó por primera vez la posibilidad de la existencia de un circuito específico para las emociones. Todas estas aportaciones fueron contribuyendo paulatinamente a la comprensión de las bases neuronatómicas de las emociones.

Las principales estructuras prefrontales implicadas en el procesamiento emocional son la corteza prefrontal ventromedial (CPFvm), la corteza prefrontal dorsolateral (CPFdl) y la corteza cingulada anterior (CCA). La CPFvm por sus conexiones con la corteza frontal y otras estructuras corticales y subcorticales, recibe la información necesaria para la planificación conductual y el procesamiento sensorial del entorno, lo que le permite actuar sobre el desarrollo de determinadas conductas y respuestas fisiológicas. Mientras que la CPFdl desempeña un papel crítico en el mantenimiento y la manipulación activa de la información y parece formar parte del sistema neural encargado de integrar la información emocional generada por el conocimiento del contexto, necesario en la selección de una respuesta en los juicios morales. La CCA constituye el lugar de confluencia de los procesos atencionales y mnésicos y de los sistemas neurales implicados en las emociones, está implicada en diferentes funciones cognitivas como la evaluación y la implementación de estrategias, la memoria de trabajo y la verificación de la información recuperada desde la memoria a largo plazo. En este sentido las conexiones recíprocas con los lóbulos frontales relacionan este sistema con la toma de decisiones, por lo que se cree que constituye un área de nexo anatómico entre los procesos funcionales de la toma de decisiones, las emociones y la memoria. La ínsula se ha considerado una estructura implicada en diversos estados emocionales de carácter tanto positivo como negativo. Una de las maneras en las que participa la ínsula en los procesos emocionales es mediante la interocepción y percepción de los estados emocionales. Con respecto a la participación de la amígdala en el condicionamiento del miedo y en la detección de estímulos amenazantes, se ha demostrado tanto en humanos como en animales de experimentación. En esta línea son fundamentales los trabajos de LeDoux sobre el miedo condicionado.

Este autor propuso un sistema de memoria independiente de los sistemas cognitivos y del hipocampo al producirse el aprendizaje de una respuesta emocional condicionada dependiente de la amígdala, y llegó a la conclusión de que la estructura central para el desarrollo del miedo condicionado es justamente esta estructura, la amígdala, ya que almacena la información sobre los estímulos que son peligrosos. Según este autor, esta memoria de la amígdala recoge tanto la historia filogenética de la especie como la historia ontogenética, conformada por las experiencias vitales de cada individuo. Sin embargo, LeDoux ha observado que en las personas que no tienen ningún daño cerebral en la amígdala también se incrementaban las respuestas corporales de miedo, incluso si no son conscientes de la presencia del estímulo amenazante, y por tanto sin experimentar conscientemente el sentimiento de «miedo». Este hecho sugiere que la activación de la amígdala no implica la experiencia del sentimiento de «miedo». Si bien es necesaria para detectar y responder a los estímulos amenazantes, no lo es para «sentir miedo». LeDoux sugiere la aparición del sentimiento de miedo, depende de los procesos, atencionales, perceptivos, memorísticos y activadores de las respuestas físicas.
LeDoux también describió las vías a través de las cuales la información sensorial que advierte de un peligro inminente, llegan hasta la amígdala. Sus trabajos le han permitido describir un doble circuito de procesamiento lo que apoya su hipótesis de que el procesamiento emocional está puesto al servicio de la supervivencia. El procesamiento «rápido» de los estímulos es básicamente inconsciente; el «lento» posibilita la integración entre la reacción emocional, el aprendizaje, las experiencias previas y la adecuación de las reacciones a las circunstancias en las que se produce el disparo emocional. Según la hipótesis del marcador somático, propuesta por Damasio y sus colaboradores, los sentimientos son experiencias mentales de los estados corporales. Según esta teoría, los sentimientos serían, en primera instancia, un fenómeno corporal. La hipótesis del marcador somático no se refiere sólo a los estados corporales que se producen en el momento de la experiencia, sino que tiene en cuenta las experiencias previas de las personas que han quedado grabadas en la memoria en forma de sensaciones agradables o desagradables. La capacidad autorreguladora de los estados emocionales posibilita que las personas no se encuentren a merced de los estímulos externos y/o externos de un modo mecánico. Las personas pueden autorregular sus emociones utilizando diferentes estrategias de autocontrol.

Los síntomas que presentan las personas con parálisis facial emocional y con parálisis facial intencional ponen de manifiesto que en la expresión voluntaria e involuntaria de las emociones están implicadas estructuras diferentes. Parece haber una asimetría lateral en el procesamiento de las emociones siendo el hemisferio derecho más expresivo que el izquierdo. Sin embargo, actualmente existen dos teorías sobre la dominancia cerebral en la expresión emocional: la «hipótesis del hemisferio derecho» que indica que este hemisferio es superior al izquierdo en el análisis de las emociones; y la «hipótesis de la valencia» que señala la especialización depende de la valencia de la emoción. Así, el hemisferio derecho parece estar especializado en el procesamiento de las emociones negativas y el izquierdo en el de las positivas. Aunque las expresiones de las emociones son automáticas e involuntarias, pueden modificarse en función de la educación, de la voluntad y de las normas sociales del contexto en el que se producen. No obstante, es difícil fingir una emoción que no se siente como ponen de manifiesto los estudios de Duchenne, al demostrar que las sonrisas de felicidad auténtica podían diferenciarse de las sonrisas fingidas.

Según los estudios de Ekman parece que existen al menos ciertas expresiones faciales cuya expresión y reconocimiento son independientes de la cultura, y por eso las llamó universales. Las expresiones faciales universales, son seis: felicidad, ira, miedo, tristeza, repugnancia y sorpresa. Antes de que publicara sus conclusiones en la década de 1970, se creía que las expresiones faciales y sus significados eran específicos de cada cultura. Sin embargo, los últimos trabajos de Ekman muestran que es posible el aprendizaje en la expresión, inhibición y percepción de las emociones. Las microexpresiones son movimientos involuntarios de los músculos de la cara que se producen en momentos especialmente significativos para la persona, normalmente relacionados con una situación que pueda provocarnos ansiedad.

Desde el marco interpretativo que ofrece la teoría de la evolución, las emociones se desarrollaron para favorecer la supervivencia de la especie. El miedo produce la activación del sistema nervioso periférico con el fin de facilitar las acciones preparatorias para afrontar la situación. El estudio de las bases neurobiológicas del miedo se ha centrado fundamentalmente en la amígdala, aunque los últimos datos apuntan a que la amígdala también interviene en otros procesos emocionales y que se activa ante la presentación de estímulos emocionalmente intensos, independientemente de su valencia positiva o negativa. Las regiones prefrontales tienen una función de integración y de autorregulación de las informaciones emocionales, racionales y de los recuerdos, y tienen también, en el caso del miedo, una función relevante a la hora de determinar la gravedad de los estímulos y dirigir las respuestas. La ínsula integra la información cognitiva, las sensaciones fisiológicas y las predicciones sobre lo que podría ocurrir, así como la información de los órganos de los sentidos y las emociones que provienen de la amígdala. La CCAd es fundamental en el aprendizaje del miedo, en la conducta de evitación, y en la experiencia subjetiva de ansiedad. Por último, la CPFdl participa en la regulación emocional del miedo dando una respuesta a las primeras informaciones procesadas en la ínsula.

El enfado, que es la reacción emocional ante una frustración, conlleva alteraciones en la respiración, cambios vasculares, alteraciones en el tono de voz y cambios musculares y faciales que preparan a la persona para defenderse del objeto de ataque. Los estudios de lesión y de neuroimagen funcional y estructural han mostrado que las estructuras implicadas en las conductas agresivas e impulsivas están reguladas fundamentalmente por regiones frontales y límbicas, en concreto, por la corteza orbitofrontal, la CPFvm, la amígdala y el hipocampo. El asco se siente normalmente hacia un objeto que se ve como ofensivo o dañino, un mecanismo que ayuda a alejarse de estos estímulos, informando así a las personas de aquello que les daña. Los estímulos que provocan asco se acompañan normalmente de naúseas, alteraciones en la frecuencia cardiaca y un incremento en la conductancia de la piel, indicadores que también activan la respuesta de estrés frente a estos estímulos. Con respecto a las estructuras implicadas, se ha comprobado que las lesiones en la corteza de la ínsula y en los núcleos basales interfieren con la capacidad de las personas para reconocer las expresiones faciales de asco. La percepción de un olor desagradable también activa la corteza de la ínsula, la corteza prefrontal, la amígdala, la corteza frontal y temporal anterior derecha. El amor y el afecto promueven tanto la cohesión grupal como el cuidado de los congéneres. Activa una respuesta de relajación, incrementa el apoyo social y una sensación de bienestar que protege y lleva a proteger a otros miembros de la especie. En el amor romántico se produce una activación en el núcleo caudado, el área tegmental ventral, la ínsula medial, el núcleo cingulado anterior ydel hipocampo; además, de un incremento en los niveles de dopamina y noradenalina. Y en el apego, se produce un aumento de actividad en la corteza insular medial, el cíngulo anterior, el hipocampo, el núcleo estriado y el núcleo acumbens; así como un aumento de los niveles de oxitocina y vasopresina.

La empatía, definida como la capacidad natural de comprender, y responder a los estados afectivos de otros, tiene una función fundamental en la mayoría de las interacciones, desde el nacimiento hasta el final de la vida. Rizzolatti ha propuesto que la base cerebral de la capacidad humana de la empatía y de la sintonía emocional está constituida por las neuronas espejo o especulares ya que ha mostrado que se activan en el cerebro las mismas neuronas tanto al sentir nosotros mismos una determinada emoción como al percibir que otra persona la siente. Las informaciones procedentes de las zonas visuales que describen las caras que expresan una emoción llegan directamente a la ínsula, estructura que sería el centro de este mecanismo espejo.

La felicidad y la alegría están asociadas a la disponibilidad para el contacto con los demás, el aumento de la vinculación afectiva y el entusiasmo en lo que se emprende. La alegría se acompaña de un aumento en los niveles de dopamina y una activación de los circuitos de recompensa. Según las investigaciones más recientes, los sujetos que muestran un mayor grado de felicidad también presentan una mayor cantidad de materia gris en el precúneo.

En este apartado se han expuesto dos modelos teóricos que proponen una visión integradora del procesamiento emocional. La primera de ellas, propuesta por Koelsch y cols. (2015) a la que han denominado Teoría del cuarteto de las emociones propone que hay cuatro tipos de emociones (las de activación ascendente, el miedo/placer, el apego y las relacionadas con los aspectos morales) que se originan en cuatro regiones neuroanatómicas diferentes (tronco cerebral, diencéfalo, hipocampo y corteza orbitofrontal) que interactúan entre ellos. Según esta teoría estos cuatro sistemas afectivos habrían surgido en momentos evolutivos diferentes y su también interactuaría con los sistemas emocionales efectores. Estos sistemas emocionales efectores incluyen sistemas motores, procesos de activación fisiológica periférica y sistemas de memoria y atención.
El segundo modelo teórico expuesto, el modelo integrador multijerárquico de los de los procesos corporales de la emoción propuesto por Smith y Lane (2015) intenta sintetizar los conocimientos existentes sobre el procesamiento emocional dentro de un marco neurocognitivo. Proponen un modelo jerárquico en el que cada nivel tiene funciones específicas e involucra diferentes regiones cerebrales, cada uno de éstos constaría de sus propios mecanismos autorreguladores, hasta llegar al último nivel, el cual se asocia al control voluntario de la regulación emocional y con la consciencia. De tal modo que el sistema, considerado en su globalidad, sería capaz de utilizar toda la información en una cognición secuencial y controlada para adoptar voluntariamente estrategias cognitivas y conductuales para regular las respuestas emocionales.

Las emociones parecen formar parte de unos circuitos neurobiológicos complejos ligados a la supervivencia del organismo y, por ello, a la adaptación de los mismos. Aunque la experiencia emocional y la experiencia cognitiva pueden parecer diferentes, la evidencia experimental pone ya claramente de manifiesto que no lo son, al mostrar el solapamiento y la bidireccionalidad entre los procesos emocionales y cognitivos. Relacionando las teorías sobre la emoción, se podría llegar a la conclusión de que tanto las hipótesis de James-Lange como las de Cannon y Bard reciben actualmente un considerable apoyo experimental, si se considera que la de James-Lange podría estar haciendo referencia a la vía rápida que describe LeDoux y que la de Cannon y Bard haría referencia a la vía lenta y a la importancia de la retroalimentación corporal en la configuración del sentimiento consciente.
También las aportaciones de Damasio sobre la hipótesis del marcador somático conjugan bien con la tesis de James sobre la necesidad de percibir conscientemente las reacciones corporales para que se configure el sentimiento. Asimismo, la necesidad de la integración de la información cognitiva y racional con el aprendizaje emocional y la percepción de las emociones en el momento también complementan las hipótesis propuestas por Schachter y Arnold que actualmente están siendo avaladas desde la perspectiva neurobiológica. Es importante remarcar que las propuestas de todos estos autores tienen en común la noción de la necesidad de la integración entre la información emocional o visceral con la valoración cognitiva de la misma para que se produzcan los sentimientos. Es importante que pueda entenderse la situación actual en el estudio de las emociones como una derivación congruente con las teorías anteriores, comenzando con los planteamientos de Darwin sobre el valor adaptativo de las emociones y su función comunicativa. Quizá, aunque este ha sido siempre un campo de muy difícil abordaje desde la psicobiología, actualmente todas las aportaciones que se han ido realizando cobran sentido en un puzzle que ayuda a comprender la función de las emociones. Davidson (2003) hace un énfasis especial en señalar que la plasticidad del sistema nervioso aplicada al circuito emocional puede modular las conexiones neuronales gracias a experiencias específicas de entrenamiento. Estas pueden promover un estilo más resiliente y positivo tanto en los casos de personas que necesitan aprender a autorregular sus estados emocionales como en aquellas que buscan potenciar estados más positivos en su afrontamiento de sus emociones. Todas estas aportaciones han dado lugar a que algunos autores hayan sentido la necesidad de denominar al campo de estudio de las emociones que integra los componentes neuroanatómicos, fisiológicos, afectivos y cognitivos como Neurociencia afectiva (Panksepp, 1998) o Neurociencia cognitiva de la emoción (Lane y Nadel, 2000).

Fuentes:

  • Collado Guirao, P., & Guillamón Fernández, A. (2017). Psicología fisiológica (1ª ed.). Madrid: Universidad Nacional de Educación a Distancia.
  • INTECCA
  • Canal UNED

DESCARGAR VERSIÓN PDF

Tarjetas ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

15 + 7 =

 

Like Us On Facebook

Facebook Pagelike Widget
Top
Show Buttons
Hide Buttons